Magnífica facultad la del poder. Sin ella, la humanidad no se habría desplegado, o más bien “no sería”. ¿Que algunas veces corrompe? Por cierto, quizás muchas. ¿Que en otras produce devastadores efectos? Sí, basta mirar esos Holocaustos y esos Gulags. Pero, ¿no muestra también la historia humana toda la grandeza de su noble ejercicio? ¿No se destaca acaso nuestra Patria porque sus poderes (muchos más que los tres del constitucionalismo) han forjado en Chile lo nuestro, el patrimonio, en el sentido más amplio y noble del término?
Así ha sido, gracias al poder de la palabra poética, con el poder de las sentencias, desde el poder de los padres, mediante el poder de las armas, por el poder de los emprendimientos, a través del poder de las presidencias… y podríamos seguir y seguir. En Chile, se ha podido…
Pero, toda esa concatenación de fuerzas positivas no puede ocultar las grandes divergencias que se han planteado entre nosotros sobre la naturaleza y el ejercicio del poder. ¿Desde cuándo? Sin duda alguna, desde la recepción del marxismo en Chile y, con especial evidencia, en las presidencias Bachelet II y Boric, frente a los mandatos Piñera II y Kast.
En términos sencillos, las izquierdas han asumido el poder para transformar. Lo han hecho mediante una secuencia muy conocida: se busca y recita una fórmula de manual ideológico, se determinan los casos en los que se aplicará, se despliega un aparato comunicacional de confrontación, se procede con determinación mesiánica, no se enmienda la marcha (aunque sea evidente que se está fracasando) porque si la teoría no calza con los hechos, peor para los hechos; y el fracaso conduce a una insólita conclusión: el poder no se aplicó a fondo y, por eso, la próxima vez habrá que hacerlo con mayor determinación y profundidad.
Por contraste, y en palabras también simples, desde las derechas se ha tratado de ejercer el poder para servir. La cadena de actos de su comportamiento es muy distinta: se miran las necesidades, se ponderan y se jerarquizan (porque son muchas y compiten entre sí), se buscan las soluciones de acuerdo a los principios y al estudio de los casos, se ponen en práctica las políticas concretas (con frecuencia, con un déficit en la oportunidad y en la claridad comunicacional), se sigue de cerca el avance y se corrigen los errores. “Lo que se necesita es la consideración responsable y ágil de cada paso político, de cada decisión”, decía Havel.
Si en algún tema este contraste ha sido dramático en el Chile reciente, ha sido en materia educacional.
El manual ideológico le indicó a la Nueva Mayoría que la educación particular subvencionada era un ámbito de discriminaciones arbitrarias. Había entonces que impedir la formación de nuevos colegios, eliminar los aportes familiares al mejoramiento de la educación, suprimir toda forma de selección, en fin, atiborrar el sistema de regulaciones asfixiantes. Paralelamente, había que iniciar el control de las universidades colocándolas frente a la disyuntiva de la gratuidad: si te sumas, eres de los buenos, pero tendrás que aceptar la regulación de tus aranceles; si te quedas fuera, obviamente eres elitista, y además pones en riesgo el acceso a otros fondos de educación superior. Y, como si fuera poco, el manual indicaba desmunicipalizar y burocratizar la precaria educación pública, mediante la creación de estructuras gigantes. Además, cómo no, había que anunciar que se condonarían las deudas del CAE.
Los desastres que ha producido ese poder transformador están a la vista, y le costará mucho al actual gobierno desplegar el poder en la educación. Los datos duros del fracaso transformador son el punto de partida de una tarea imprescindible.