Un grupo de académicos con buenos pergaminos ha enrostrado al Gobierno el haberse alineado con Washington. A la vez, empujan a cerrar filas junto a países como los BRICS, una laxa entente que solo celebra reuniones de cuando en cuando. En lo básico, no se puede comparar el papel que en la historia de nuestro país (y región) han desempeñado ya sea EE.UU. y últimamente China. Se trata de ellos dos.
Quienes hemos dedicado una vida al estudio de estas realidades, y más todavía si hemos aquilatado como positiva para el mundo la simple existencia de EE.UU., estamos un tanto atónitos al presenciar la evolución de la última década. Lo que representa Trump en el campo internacional ha sido parte de un alma de la cultura norteamericana siempre atenuada y sublimada por ideales, por un talento pragmático y por sólidas doctrinas encarnadas en el alma de la nación. Ahora las cosas se invirtieron. ¿Se tratará de un mal sueño que se disipa al despertar o imprimirá un curso decisivo a esa nación y su proyección global? Se verá.
Cuando se cantan alabanzas a un solo elemento de la realidad, eso que se llama realismo (pedestre), el poder y la fuerza, y se lo transforma en un fin en sí mismo, el genio se escapa de la botella. La actual administración norteamericana se esfuerza por identificar una noción no fácil de definir, el interés nacional, con la libido de poder del inquilino de la Casa Blanca. Hay que cruzar los dedos para que Washington retorne a su derrotero de más de dos siglos. Sin ser perfecto, fue el gran motor de la creación de lo moderno y salvó el equilibrio mundial en sentido creativo en el siglo XX hasta hace unos años.
¿Y China? Quienes critican a la actual conducción internacional como que creyeran que ese país no representa ningún problema, ni como sistema, ni por su posición internacional. Esta apreciación benevolente se parece a la primera impresión de los europeos en el siglo XVII, que veían en el imperio chino una sociedad sabia y justa; después saltaron a la noción de “despotismo oriental”. Sin duda, la transformación del antiguo totalitarismo de Mao en la nueva China de sistema autoritario con libertades relativas en una fase que ya quedó atrás —libertad económica— ha sido un fenómeno notable y en muchos sentidos conveniente (allá va un tercio de nuestras exportaciones).
Su sistema político no es necesariamente “oriental”, sino que procede de tres fuentes. Una es el confucianismo, por llamar así lo que en realidad es el peso y la fecundidad de la historia china; el comunismo, vivo en algunos sentidos (nada que ver con lo que sus émulos locales nos quieren hacer creer), ayuda a configurar la técnica de poder; y, finalmente, el nacionalismo (que no le parecería nada de mal a Chiang Kai-shek, líder nacionalista derrotado en 1949), el cemento fundamental del gobierno y del Estado chino desde los 1980 hasta ahora. Este mundo confuciano (que incluye a Japón, Corea del Sur y otros) tiene mucho que enseñarnos en cultura y creatividad económicas. En política exterior hay que andarse con pies de plomo. Prácticamente no hay gran Estado que en un plazo breve haya experimentado un súbito incremento de poder, que no se haya transformado, en al menos la fase inicial, como potencia agresiva, con energía para dilapidar.
Todo indica que Chile, estando en el círculo occidental, y por haber tenido tantos vínculos benéficos, debe cuidar sus relaciones con EE.UU., con perfil muy bajo, guardando la dignidad posible y sin entusiasmarse por las altisonantes declaraciones de principios tan variadas como contradictorias a que acostumbra el Washington de estos tiempos. Y no confrontar a China sin necesidad.