Señor Director:
Leo con dolor la carta de María Sara Rodríguez (“La maternidad es intransferible”, ayer). Habla de proteger a los niños, pero yo soy Doris, madre de Salvador, y quiero preguntarle directamente: ¿acaso yo no soy su madre?
Tuve cáncer de útero. Perdí la posibilidad de gestar, no la de ser madre. Salvador existe porque otra mujer, con generosidad inmensa, gestó por mí. Pero quien lo espera cada día en el jardín infantil, quien lo cuida en la noche cuando tiene fiebre, quien construye con él cada recuerdo de su infancia, soy yo. Eso también es maternidad, y no es menor ni sustituta de nada.
La autora sostiene que existe un “vínculo biológico indeleble” que la separación programada no podría borrar. Pero reducir la maternidad a la gestación es desconocer lo que miles de familias —adoptivas, por subrogación, ensambladas— viven todos los días: que el amor, el cuidado y el compromiso son los que forman una identidad, no un útero.
Nadie en esta discusión defiende el intercambio de niños como mercancía. Defendemos que existan caminos regulados, transparentes y dignos para que mujeres como yo, que no podemos gestar por razones médicas, podamos ser madres con todas las protecciones legales que Salvador merece. Prohibir no elimina la necesidad; solo la empuja a la clandestinidad, donde los verdaderos abusos ocurren.
Quienes citamos a la ciencia y al derecho comparado también podemos citar experiencias reguladas con éxito en países como Canadá o Portugal, donde la dignidad de gestantes y niños se protege sin negar la existencia de familias como la mía.
Salvador tiene una madre. Se llama Doris.
Doris Jiménez Miranda