Señor Director:
En carta este domingo Sebastián Arrau me acusa de referirme a sus hijas de 2 y 5 años. Eso es falso. Yo jamás las expondría para este debate, ningún niño nacido por subrogación carga responsabilidad alguna por ello.
Lo que hice fue contestar un pódcast en que acusa a los parlamentarios que estamos legislando sobre maternidad subrogada de actuar desde el miedo, el odio y la rabia, cuando la transversalidad del proyecto, en época de polarización, es, en realidad, muestra de valentía y fraternidad.
Es que así debe ser cuando se tratan cuestiones de Derechos Humanos. Intentar atrincherar el debate políticamente, como intenta hacerlo el guionista, acá no cabe. En este tema no debe haber tabúes y, por tanto, es una necesidad debatir del altruismo usado como fachada comercial y de explotación en el Reino Unido, de gestantes muertas en Colombia, de venta de niños y catálogos en Europa, de pagos o “compensaciones” en Canadá, de las redes de trata en Argentina, como, por lo demás, lo hacen los informes de la ONU mencionados en esta sección.
Los casos altruistas no pueden ser excusa para todo ello. Así fue en la discusión de venta de órganos y en la de abolición de la esclavitud. Acá hay una industria que comercia con seres humanos y comerciar con seres humanos nunca debe ser lícito. De eso hablé, junto con la evidencia de la psiquiatría perinatal, de la Dra. Ibone Olza y de Anne Schaub. De eso tenemos que hablar.
Los próximos días llega a Chile la líder feminista Olivia Maurel, quien también fue anhelada y querida, nació a través de subrogación y hoy es portavoz mundial de la Declaración de Casablanca contra la maternidad subrogada, por lo que cuyo testimonio también merece ser escuchado para tratar el tema de manera profunda. Escudarse vicariamente, en cambio, es una manera de no entrar en ese debate legítimo. Y lo que nunca será legítimo es pasar a llevar la dignidad de los niños.
Juan Irarrázaval
Diputado presidente de la comisión de Familia