Se estrenó este jueves la esperada película de Christopher Nolan, La Odisea. La ocasión mueve a releer sobre el poema en que se basa.
La Odisea, a diferencia de la Ilíada, es la epopeya de un solo héroe, Odiseo, también llamado Ulises. En ella se cuenta el viaje de regreso que dura diez años, desde que sale de Ilión hasta que llega a Ítaca. Se podría decir, con Vincenzo Consolo, que Odiseo paga, con innumerables padecimientos, el haber introducido la artimaña en el arte de la guerra. Este origen lo vuelve, a lo largo de todo el poema, un héroe sumamente ambiguo.
Me concentraré en un solo punto. En la isla de los feacios, ya cerca del final de sus peripecias, ocurre uno de los momentos más significativos de todo el poema: Odiseo, todavía sin revelar su nombre, escucha a un aedo cantar las hazañas de la guerra de Troya, y entre ellas, las suyas propias. El héroe se oye convertido en leyenda antes de haber terminado de vivir su historia, y llora, cubriéndose el rostro, ante el relato de lo que él mismo hizo. Es un instante de lucidez inaugural para la literatura y para el arte: el hombre que todavía sufre su viaje ya es, para otros, un canto, un espejo de sí mismo. Homero anticipa así lo que dirá, siglos después, Marcel Proust: que la obra del escritor no es sino un instrumento óptico que el lector recibe para discernir lo que, sin ese libro, no hubiera podido ver en sí mismo. Solo entonces, conmovido por su propia leyenda, Odiseo revela quién es. ¿Cuál es el origen de la pena de Odiseo al verse enfrentado a sí mismo?
Si se examinan los distintos episodios en que participa, parece tener razón el filólogo que sitúa a Odiseo entre los héroes en que predomina la astucia por sobre la fuerza. A lo largo de su extenso regreso a Ítaca (nostos), despliega tantas mentiras sobre sí mismo, se envuelve en tantos disfraces y máscaras, que termina resultando difícil discernir en él la verdad de la ficción. Esas fabulaciones de su propia vida lo van volviendo, poco a poco, irreconocible ante su propio yo. Quizás por eso, en la isla de los feacios, comienza su verdadero retorno, que no es solamente el regreso a Ítaca, sino un regreso hacia sí mismo: y así puede leerse la Odisea, también, como un poema de la autenticidad.
No es casual, pienso, que después de la visita a esa isla mítica empiece una cascada de reconocimientos (en griego, anagnórisis): Eumeo, el porquerizo; Telémaco, su hijo; Argos, el perro; Euriclea, la nodriza; y, finalmente, el más dificultoso e importante, el de Penélope. El despojamiento final de todo disfraz y retorno a sí.