Dedicada a los políticos de todas las tendencias, al Gobierno, al Congreso y a los partidos:
Durante décadas se instaló la idea de que la globalización y la revolución digital harían cada vez menos relevante la geografía. Parecía que la economía del siglo XXI flotaba en una nube, desprendida del territorio y de los recursos físicos. Y así en Chile fuimos olvidando la geopolítica. Pero la realidad ha demostrado exactamente lo contrario.
La inteligencia artificial, los centros de datos, los vehículos eléctricos y la transición energética descansan sobre una base profundamente material: cobre, litio, tierras raras, agua, energía y cadenas logísticas seguras. La economía digital no ha reemplazado a la geografía: la ha revalorizado. Y ahí Chile tiene una gran oportunidad.
Los territorios vuelven a ser protagonistas. Los minerales críticos son objeto de una competencia creciente entre las grandes potencias; las rutas marítimas recuperan importancia estratégica y los espacios polares dejan de ser una periferia para convertirse en un escenario central de la política internacional. Nuestros políticos deberían leer con más atención este cambio de época. Por el bien de Chile, elevar la mirada y reconocer que muchas de sus discusiones son insustanciales mientras todo alrededor está cambiando.
El extremo austral ya no puede seguir siendo concebido como el final del mapa, sino como el comienzo de una proyección estratégica de Chile hacia el Mar Austral y la Antártica. Los pasos australes, la Región de Magallanes y la cercanía con el territorio antártico constituyen una ventaja geográfica que pocos países poseen y que aumentará su valor en las próximas décadas.
Las grandes potencias vuelven a competir por influencia territorial. Mientras otros países fortalecen su presencia en el extremo sur, Chile no parece valorar este patrimonio geográfico excepcional, que debería ser una prioridad nacional. Eso exige invertir en infraestructura portuaria, investigación científica, capacidades logísticas. Pero sobre todo requiere un cambio de mentalidad: una política de Estado que entienda que la soberanía se ejerce mediante la presencia efectiva y la revaloración de la geopolítica, que en el siglo XXI está recordándonos una lección antigua: el territorio nunca dejó de importar. Solo olvidamos, por un tiempo, que incluso la economía más digital depende de minerales extraídos de la tierra, de energía producida en algún lugar y de barcos que siguen navegando por los océanos y estrechos. El norte nos ha aportado minerales y cielos prístinos para observar el espacio. Ahora miremos nuestra proyección austral, que las discusiones políticas no pueden seguir ignorando.