La decisión del gobierno de Kast, manifestada por el canciller Pérez Mackenna, de calificar a los Estados Unidos como nuestro principal socio estratégico, representa un cambio relevante de la política exterior nacional. Esta definición ocurre luego de la decisión unilateral norteamericana de incrementar aranceles a productos chilenos, modificando acuerdos comerciales vigentes. Y con posterioridad a la publicación de su nueva doctrina de la seguridad nacional que define a America como una zona de subordinación a los intereses de Estados Unidos. La famosa doctrina Donroe casi exactamente 200 años después de la tesis “América para los americanos” propuesta por el Presidente James Monroe y que tenía como propósito justificar su intervencionismo en America Latina.
La decisión comercial, que afecta productos de distinta naturaleza, ha dado lugar a una negociación que hoy está al arbitrio de los humores cambiantes de la Administración de Trump.
A su vez la nueva doctrina de seguridad nacional de EE.UU. nos retorna a momentos en que las grandes potencias coloniales definían espacios de influencias, con el propósito de limitar y administrar el comercio y la adscripción geopolítica y militar de las naciones.
Al finalizar la dictadura, Chile vivía una situación de total aislamiento. El advenimiento de la democracia fue acompañado de una rápida reinserción del país a la comunidad internacional, que permitió oportunidades en el comercio exterior, en la cooperación política y cultural y en la solución pacífica de nuestros conflictos de frontera.
Fue una expansión de la autonomía nacional sin la necesidad de tutores. La convicción en el valor de nuestra independencia nos permitió crecer en prestigio y consideración. Esto facilitó una destacada participación en los organismos multilaterales e hizo posible establecer un sinnúmero de acuerdos bilaterales y multilaterales. Y es así como Chile, nación pequeña en PIB y población, se transformó en una nación muy respetada, con socios y amigos en todo el planeta. Para exportar, para atraer inversiones, para promover intercambios científicos, culturales y de defensa. Con principios claros de respeto al orden internacional, la promoción de la democracia y los derechos humanos y un nítido pragmatismo en la política comercial. Surgió allí una economía abierta, exportadora, que crea empleos y que es resiliente a las crisis externas.
En momentos en que Trump interfiere negativamente en el comercio global, altera el derecho internacional, activa conflictos armados con efectos nefastos para nuestra población, es muy extraña esta declaración gubernamental. ¿Qué hay detrás de este giro que no sea la afinidad ideológica conservadora que comparten los gobernantes de ambas naciones?
Es deber del Gobierno explicar el sentido del cambio de política. Y exponer sus potenciales beneficios si los hubiere.
China es el principal destino de las exportaciones chilenas. Vivimos en un mundo multipolar. Tenemos vecinos con los cuales convivimos en paz cotidianamente y compartimos miles de kilómetros de frontera. Tenemos en curso una sofisticada estructura de relaciones en torno al océano Pacífico. Un liderazgo en política antártica. Y suma y sigue. Y esta política exterior exitosa, nunca necesitó de referencias ideológicas. Fue una trabajosa construcción estatal de amplio acuerdo, pluralista y preocupada del interés nacional por sobre todas las cosas. No es sensato echarla abajo.