Lo más entretenido del Mundial son —según el gusto de cada uno— las clases de fútbol de Francia o las remontadas épicas de Argentina. Pero lo más interesante de la Copa es —aunque no lo parezca— la derrota de Japón.
Para entender por qué, es necesario hacer un poco de historia.
En 1992 el fútbol en Japón era poca cosa. Su liga era amateur. Su selección competía bien en Asia, pero era mediocre, cuando mucho, a escala global. Los japoneses preferían el popular béisbol o el tradicional sumo.
Hasta que apareció Saburo Kawabuchi. Nacido en Osaka en 1936, era fanático del fútbol. Jugó de defensa central en la Universidad de Waseda, y con la selección japonesa en eliminatorias mundialistas y los Juegos Olímpicos de Roma 1960 y Tokio 1964. Como era común en el fútbol amateur japonés, combinó su afición por la pelota con un empleo para ganarse la vida —en Furukawa Electric, un fabricante de cables.
Preparándose para Tokio 1964, el entrenador alemán Dettmar Cramer —“el profesor”—, que dirigía la selección nipona, llevó al equipo a concentrarse a Duisburg, Alemania Occidental. Ahí Kawabuchi conoció de cerca el fútbol alemán, y esa experiencia fue el germen de la transformación que lideraría años después en su país.
El fútbol en Alemania, aprendió, se organizaba en torno a clubes comunitarios —los Sportvereine—, con instalaciones de calidad, abiertas a toda la población y arraigadas en cada región. Le impresionó la gestión de los clubes, la formación de base, esa combinación de deporte para todos y organización de alto nivel.
A fines de los ochenta, Kawabuchi asumió el liderazgo de la liga amateur japonesa y se propuso crear una liga profesional. En 1991 renunció a su empleo para dirigir el proyecto a tiempo completo, y en 1992 fundó la J. League, con apenas diez clubes. Tomó la Bundesliga como modelo y obligó a los equipos, hasta entonces propiedad de empresas, a cambiar el nombre de la compañía por el de su ciudad y a montar una red de fútbol formativo local. Pensaba que la vida japonesa estaba demasiado dominada por el trabajo y que la gente merecía clubes que representaran a su comunidad.
Concibió su sueño como una revolución social. Y le fijó un horizonte que en nuestras tierras sería impensable, salvo en una novela de realismo mágico: cien años.
No cinco, ni diez, ni treinta. Cien.
Esa visión a un siglo tenía metas claras: llevar el fútbol a las 47 prefecturas del país, formar entrenadores y árbitros, construir infraestructura y crear una cultura futbolística enraizada en la sociedad nipona. Todo eso, para cumplir dos objetivos al 2092, el centenario de la liga: cien clubes profesionales y, por descabellado que sonara en un país que aún no había jugado ni un Mundial, ganar la Copa del Mundo.
Tres décadas después, los frutos son visibles. La liga pasó de diez clubes a unos sesenta. La selección no falta a un Mundial desde 1998, y muchos de sus jugadores, que antes no salían del archipiélago, brillan en los mejores clubes de Europa. En Qatar 2022 Japón derrotó a Alemania y a España, dos campeones del mundo. En este Mundial terminó segundo en su grupo y, tras ir ganando, cayó en los descuentos ante Brasil.
Falta mucho para acercarse al título, pero eso no cambia los planes: en 2018, cuando perdió en octavos con Bélgica tras ir 2-0 arriba, el país lo vivió como un funeral. Pero nadie alteró el rumbo; solo se sacaron lecciones y reforzaron los esfuerzos. Y es que los cien años de Kawabuchi no eran un guiño retórico: en Japón entienden que construir casi desde cero un deporte en su nación milenaria, de 120 millones de personas, tomará tiempo.
Quizás no estemos vivos para ver si Japón cumple sus metas, pero su historia, pase lo que pase, entrega una lección que vale tanto para el país del Sol Naciente y su fútbol, como para Chile y sus problemas (fútbol incluido). Aumentar la productividad, mejorar la educación, controlar la delincuencia, o revitalizar el mercado laboral, tomará tiempo y esfuerzo. Requiere diseñar planes con rigor, acordarlos entre muchos, implementarlos sin improvisar y, sobre todo, sostener los esfuerzos en el tiempo para que rindan fruto.
Al ver estos partidos finales del Mundial es fácil confundirse. Es natural que la atención se la lleven Mbappé o Messi, porque sus goles son chispazos de genialidad. Pero incluso esos aciertos brillantes se entienden mejor a la luz de la experiencia japonesa: son una manifestación fugaz y vistosa de un trabajo largo e invisible. Son fruto de años de frustraciones y renuncias. Y detrás de ellos hay esfuerzo personal y familiar, instituciones que trascienden a las personas, metas que se sostienen y paciencia como forma de seriedad.