Leyendo que Quentin Tarantino puso en la segunda posición de las mejores películas a Toy Story 3 —una obra de arte de principio a fin—, me pregunté qué otra película animada podría entrar en esa lista. Impuse dos condiciones: debe tratar un problema económico esencial y sugerir una solución tan contraintuitiva que resulta inesperadamente iluminadora. Solo un clásico vino a la mente: WALL-E (2008).
La historia va más o menos así. La humanidad abandonó una Tierra llena de basura y vive hace cientos de años en el Axiom, una nave donde la automatización lo resuelve todo. Nadie trabaja, nadie camina y las personas, pegadas a pantallas, ya ni se tocan entre sí. Así, no sorprende que, para tantos adultos, se vean pocos niños. Sin embargo, nada falta: la nave produce, alimenta y transporta a todos.
La película suele celebrarse por su tema ambiental (un planeta arruinado por el descuido humano). Pero, vista hoy, WALL-E ofrece una visión del gigantesco problema que representa la caída de la fertilidad en gran parte del mundo. Sociedades en donde los niños escasean ya son una realidad. Entonces, la pregunta ya no es si podemos producir sin dañar al planeta, sino si podemos producir sin un crecimiento en el número de humanos. ¿Exagero? Según el INE, la población en edad de trabajar comenzará a caer en Chile a partir de 2035. La escasez de trabajadores jóvenes no es un escenario de 2070, sino que arranca ya.
Lo notable de WALL-E es que, en clave económica, sugiere que la caída de la fertilidad no implica necesariamente el colapso que anticipan los modelos y que recoge, por ejemplo, Hijos de los Hombres, quizás la mejor película de Cuarón. No, en WALL-E la humanidad parece haber dado con un equilibrio distinto, donde la tecnología responde a la falta de trabajadores, manteniendo la producción y el bienestar material a pesar del cambio demográfico.
Ya, pero estamos hablando de una película, dirá usted. ¿Y si le digo que no es pura ciencia ficción?
Siga el siguiente argumento. La escasez de un insumo hace más atractiva la utilización de otros. Por lo tanto, la caída en el número de trabajadores debería llevar al mercado a valorar más el capital (máquinas). Ahora, si la adopción de tecnología es endógena y permite suplir la falta de mano de obra, el PIB agregado no tiene por qué caer; incluso puede aumentar la productividad total de factores. Así, la caída de la fertilidad podría elevar la productividad vía la automatización que inducen los mercados. ¿Ilusión? No, fíjese que hay nueva evidencia (Acemoglu et al., 2026).
Que quede claro: la caída de la fertilidad es un drama para la humanidad y la misma película lo sugiere. El amor entre padres e hijos no lo suplirán las máquinas. Pero en lo que a producción se refiere, quizás exista un amortiguador, sobre todo si la tecnología está disponible. Pesadilla aparte es si la intervención del Estado genera distorsiones de tal magnitud que impidan incluso su adaptación. De WALL-E al filme de Cuarón en un dos por tres.