El Partido Socialista ha estado lleno de facciones desde hace mucho tiempo. De hecho, en los 80 había que agregarle un apellido a la sigla. Existió el PS Almeyda, el PS Núñez, el PS Arrate, el PS Mandujano, el PS Moraga. Misma sigla, pero distinto apellido. Cada uno con su propia identidad.
Algo muy propio de la izquierda, por lo demás.
Existía un chiste en la Europa de la mitad del siglo XX que decía “¿Qué es un trotskista? Un partido. ¿Y dos trotskistas? Un partido y una corriente. ¿Y tres trotskistas? Un partido, una corriente y una escisión”. ¿Y cuatro trotskistas? Nunca ha habido cuatro trotskistas juntos”.
La vieja pulsión identitaria de la izquierda.
Lo que vimos esta semana entre la senadora Vodanovic y la senadora Cicardini está lejos de eso. Es más bien la pelea en el barro que da cuenta de algo más profundo. O, más bien, algo más superficial.
El senador PS Fidel Espinoza habló de las dos almas del PS: “un alma quiere seguir los lineamientos del Frente Amplio, el Partido Comunista, que es lo que representan Daniella Cicardini y el diputado Manouchehri”, alertó.
Pero parece ser todavía más superficial.
Lo que ha hecho la pareja Cicardini Manouchehri es banalizar la política. Por cierto, no son los únicos, pero son probablemente quienes llegan más lejos hoy.
“La sociedad del espectáculo” que alertaba Debord antes de que existiera el TikTok, el X, el Instagram y tantas otras cosas. “La civilización del espectáculo” que nos recordó Vargas Llosa, para alertar la frivolidad de la política.
De hecho, Vargas Llosa alertaba que el político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto y a la forma de sus presentaciones, ya que importan más que sus valores, convicciones y principios.
Hoy, el Partido Socialista está en un momento relevante. En una tercera etapa de una historia muy reciente. La primera parte fue su adscripción acrítica al estallido social y el delirio constitucional. Indiferenciada de la izquierda radical. La segunda fue luminosa: aportó la madurez, sensatez y experiencia al gobierno de Gabriel Boric.
La pregunta es qué partido quiere jugar el PS ahora. ¿Distinguirse del Frente Amplio y el PC o jugar a “una sola oposición”? La segunda pregunta es cómo hacerlo: ¿con seriedad o bajo la política del espectáculo?
Tener una sola oposición, desde la DC hasta el PC, no solo desdibuja al PS, sino que es inútil. Ha quedado claro que incluso bajo la unión completa de la oposición no tienen capacidad de alcanzar una mayoría. La oposición no tiene votos ni en la Cámara ni en el Senado para llegar al 50% +1.
El cómo hacerlo hace que haya pocas esperanzas en que no prime la farandulización a la que se ha llegado, y cuyo emblema es la dupla Cicardini Manuchehri.
Después de todo, la banalización de la política no sea más que un espejo bastante incómodo. Ningún canal mantiene un programa que nadie ve, ningún algoritmo insiste con un contenido que nadie comparte y ningún político repetiría un espectáculo si el espectáculo no diera resultados.