Se ha vuelto casi un lugar común plantear que la masificación de la universidad que impulsó el país desde los 90 habría sido un error. La caricatura habla de una proliferación de malas universidades que, aprovechando el financiamiento público, engañan a estudiantes desinformados, no les aportan nada y, a la larga, los dejan sin trabajo y frustrados.
Esta visión, sin embargo, no cuadra bien con la evidencia. Ignora, de hecho, dos datos fundamentales, desarrollados en el informe de la UC sobre el proyecto FES.
Primero, la OCDE muestra año a año que los ingresos relativos de los egresados universitarios son extraordinariamente altos, incluso entre los más jóvenes. No son solo los promedios: la Casen revela que la distribución de ingresos de los egresados universitarios jóvenes está muy por encima de la de quienes solo tienen educación media. Lo mismo ocurre con los egresados de primera generación. Nuestra proporción de egresados con desempeños deficientes es también baja en comparación internacional.
Todo esto es compatible con que los retornos de la universidad han caído. Es ingenuo pensar que un sistema que se quintuplicó desde 1990 podría haber mantenido sus exorbitantes retornos de entonces. Que esos retornos cayeran era, quizás, parte del objetivo de la masificación. Y, aun así, estos siguen siendo muy altos.
Segundo, en términos de oportunidades laborales, la caricatura se equivoca al hablar de un mundo de “universidades buenas” y “universidades malas”, porque la realidad se parece más a una de “carreras buenas” y “carreras malas”. Hay carreras que tienen resultados laborales deficientes incluso en las universidades más selectivas, y otras con resultados satisfactorios incluso en aquellas que algunos consideran “de cartón”.
En suma, la historia es más compleja. Si la caricatura se traduce en “hay que hacer que estudie menos gente” y “cerremos todas ‘esas’ universidades”, cientos de miles de personas que pueden beneficiarse de sus estudios en términos laborales, especialmente si eligen bien su carrera, quedarán excluidas. Son en su mayoría personas que no tuvieron ni en su casa ni en sus colegios las mejores oportunidades y que sueñan con una carrera, aun cuando ello no signifique lo mismo que cuando solo una élite privilegiada podía ir a la universidad.
Quienes defienden la caricatura tal vez miren con cierta satisfacción las últimas cifras de empleo, que muestran un creciente problema de desempleo en los jóvenes recién egresados. No es casualidad: estamos hablando de un país que apenas crece y que ha elevado sus costos laborales. La revolución de la inteligencia artificial pareciera también estar haciendo lo suyo, como está ocurriendo en buena parte del mundo. No está claro, así las cosas, que el desempleo de los recién graduados sea estructural. Aun así, es preocupante y debemos prestarle atención.
Pero más vale hacerlo a la luz de los datos. El debate no debería centrarse en cuántos estudian, sino en qué estudian y cómo organizamos la educación superior. En un mundo con resultados laborales heterogéneos y que exige una creciente capacidad de adaptación, ¿hace sentido un modelo de carreras hiperespecializadas, extralargas y en el que las universidades entregan un título profesional?