Los gobiernos de coalición no fracasan porque existan diferencias. Fracasan cuando son incapaces de procesarlas. La política democrática nunca ha consistido en reunir personas que piensan exactamente igual, sino en construir proyectos comunes entre quienes comparten un horizonte y entienden que el interés del país está por encima de las legítimas discrepancias.
Las últimas semanas han estado marcadas por debates intensos dentro del oficialismo. Algunos han querido interpretar esas diferencias como una señal de crisis. Creo que ocurre exactamente lo contrario. Las coaliciones vivas discuten, deliberan y confrontan puntos de vista. Lo verdaderamente preocupante sería una coalición incapaz de conversar o donde las diferencias se acumulen sin canales institucionales para resolverlas.
La experiencia demuestra que los gobiernos exitosos no son aquellos donde todos piensan igual, sino aquellos que cuentan con liderazgos capaces de transformar las diferencias en acuerdos de trabajo. La unidad no significa uniformidad. Significa tener la madurez suficiente para sostener convicciones propias sin perder de vista los objetivos compartidos.
Chile Vamos forma parte fundamental de la mayoría que permitió la llegada del Presidente José Antonio Kast a La Moneda. Lo hicimos porque compartimos principios esenciales y porque entendimos que el país necesitaba un cambio de rumbo. Esa convicción sigue intacta. Por lo mismo, resulta equivocado interpretar cada diferencia como una disputa existencial o como una competencia por espacios de poder. Nadie sobra en este proyecto y nadie tiene el monopolio de las buenas ideas.
Existe una discusión más profunda detrás de estas tensiones. Hay quienes entienden la política como un ejercicio permanente de diferenciación y denuncia. Otros creemos que gobernar implica construir mayorías, administrar complejidades, tomar decisiones difíciles y responder por los resultados. La oposición puede permitirse la comodidad de la crítica. Un gobierno tiene la obligación de ofrecer soluciones.
Chile enfrenta desafíos enormes en seguridad, crecimiento económico, modernización del Estado y cohesión social. Ninguno de ellos se resolverá mediante declaraciones altisonantes ni disputas entre aliados. Los ciudadanos esperan eficacia, coordinación y resultados. Esperan que quienes recibieron la responsabilidad de gobernar estén a la altura de esa tarea.
Por eso resulta valioso que el Presidente Kast haya reforzado los espacios de coordinación política con los partidos de la coalición. Los liderazgos sólidos no eliminan las diferencias; crean las condiciones para procesarlas adecuadamente. Esa es la esencia de cualquier gobierno de coalición que aspire a ser exitoso.
Las campañas se ganan compitiendo. Los gobiernos se construyen cooperando genuinamente. Esa es la lógica que debe prevalecer si queremos cumplir los compromisos asumidos con los chilenos y avanzar hacia un país más seguro, más próspero y con mayores oportunidades para todos.
La política chilena ya estuvo demasiados años atrapada en la lógica de la trinchera permanente. El desafío de esta etapa es demostrar que es posible defender convicciones con firmeza y, al mismo tiempo, construir acuerdos que permitan gobernar. Esa no es una señal de debilidad. Es una demostración de madurez política.
Andrea Balladares
Senadora y presidenta de RN