Hace exactamente 200 años, la ley del 8 de julio de 1826 estableció que “la persona que administre el Poder Ejecutivo nacional se titulará en adelante Presidente de la República”.
La secular Presidencia de las Reales Audiencias, así como el cargo de Director Supremo, quedaban desde ese día definitivamente en el pasado, y comenzaba a arraigar en el alma de Chile una de las instituciones más representativas de nuestra vida republicana.
Dos extrañezas la han caracterizado, eso sí. Por una parte, la quíntuple presencia de las duplas padre hijo (Pinto-Pinto; Montt-Montt; Errázuriz-Errázuriz; Alessandri-Alessandri y Frei-Frei), y por otra, las repeticiones en el cargo, ya en períodos seguidos, ya en instancias alternadas (Prieto-Prieto; Bulnes-Bulnes; Montt-Montt; Pérez-Pérez; Alessandri-Alessandri; Ibáñez-Ibáñez; Bachelet-Bachelet; Piñera-Piñera.
Pero la Presidencia no fue solo una oficina desde 1826 en adelante, sino cada 4, 5 o 6 años, una determinada persona, un carácter, un alma que se unió a la institución, y de cuya alianza quedan como herencia luces y sombras muy marcadas.
¿Cómo se metió en el alma de los presidentes la institución que les tocó encarnar? De muy variadas maneras que, a riesgo de ser algo unilaterales, conviene reseñar en sus rasgos dominantes, en algunos casos positivos, en otros, muy negativos.
En José J. Prieto fue su habilidad para saber pedir consejo. “Pregúntele a Bello”, le decía a uno de sus ministros ante un problema difícil; en Manuel Montt, fue el ejercicio de la autoridad contra los vientos de los igualitarios (Bilbao a la cabeza) y las mareas de los conservadores (con más clericalismo que cabeza); en Santa María, la desfachatez para declarar su desprecio por el sufragio popular, y en Balmaceda, una obstinación que para algunos fue admirable convicción y, para otros, simplemente inaceptable tozudez.
En Ramón Barros Luco se hizo presente la frivolidad para dejar en bronce que “no hay sino dos clases de problemas: los que se resuelven solos y los que no tienen solución”, y en Arturo Alessandri, la novedosa y demagógica llamada a la “chusma querida”, y su visceral rechazo a la “canalla dorada”; en su hijo, Jorge, todo lo contrario, la austeridad y el desprendimiento (por supuesto, dentro de una personalidad muy autorreferente).
Volvamos algo atrás. La Presidencia entró en el alma de Pedro Aguirre Cerda para que focalizara su acción en “gobernar es educar”, mientras que su correligionario González Videla prefirió inmortalizarse enfrentando los peligros que siempre corre la Presidencia —el país— por la acción del Partido Comunista.
En Allende, el sectarismo afloró en su inaudito “no soy el Presidente de todos los chilenos”, y Pinochet tuvo siempre en sus labios el argumento de su amor a Chile. Aylwin condensó su mirada de mandatario en su famosa intervención por la reconciliación (ciertamente matizada con sus observaciones sobre la amnistía), mientras que en el alma presidencial de Lagos se instaló un pragmatismo que le valió “el amor de los empresarios”, pero le costó la segunda candidatura a manos de sus propios correligionarios.
Bachelet resulta hasta hoy indescifrable, por las contradicciones entre I y II, mientras que en Piñera la Presidencia alcanzó su mayor excelencia técnica, lo que dejó en evidencia aún mayor la frivolidad con que Boric habitó nuestra bicentenaria institución.
Han pasado doscientos años de gestiones magníficas y de momentos como 1932, en que hubo hasta seis titulares del poder ejecutivo en un solo año.
Hay que cuidar la Presidencia, hay que respetarla en la persona del Presidente Kast, porque en su presente se asoma todo un patrimonio nacional de dos siglos.