En un acto del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), a partir de una cita de León XIV en su reciente encíclica —cada generación hereda la tarea de dar forma a su propio tiempo—, Eugenio Tironi (1951), en su columna “Tragedia propia” (“El Mercurio”, 30 de junio), reflexiona sobre la herencia que su generación heredó del golpe de Estado.
Sostiene que el 11 de septiembre de 1973 “cayó el sistema de ideas que daba forma a nuestro tiempo” y que “el trauma nos otorgó libertad para cuestionarlo todo”: su generación abandonó el marxismo, asumió la democracia como mero instrumento de la lucha de clases y el relativismo frente a los derechos humanos. Y traza un paralelo con la generación del IES, a la que exige reconocer la dictadura como parte de su historia; mientras no lo haga, afirma, no tendrá autoridad para dar forma a su tiempo.
El planteamiento carece de sentido. La generación del IES nació bastantes años después del golpe: su director, Claudio Alvarado, once años más tarde. ¿Por qué habría de asumir esa “tragedia” si ni siquiera vivió la dictadura?
Pero la biografía política de Tironi no comienza en 1973. El abandono del marxismo fue su segunda conversión. La primera ocurrió antes, cuando dejó el cristianismo y su adhesión a la democracia para abrazar el marxismo y el leninismo, durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970): con la reforma agraria, la sindicalización campesina y la promoción popular, cambios que transformaron la historia de Chile.
Esa conversión fue impulsada por la fracción de izquierda del PDC —los “rebeldes” jóvenes— que controló la Juventud Demócrata Cristiana (JDC) en 1967, con Rodrigo Ambrosio y Enrique Correa Ríos. Su oposición a Frei fue frontal y terminó sumándose al discurso del PS y el PC. El voto político de la JDC de noviembre de 1968 desnuda ese estilo al llamar “a terminar con los momios estén donde estén”: no aludía a la derecha, sino a los del propio PDC —Frei, Aylwin, Pérez Zujovic—. La conversión al leninismo tuvo consecuencias de proporciones, pues los “rebeldes” asumieron la tesis de que la toma del poder solo es posible por la vía violenta, y promovieron un Frente Revolucionario con el MIR y la juventud del PS.
Tironi tuvo una tercera conversión: abandonó la crítica a la política económica de la dictadura para valorar aspectos del neoliberalismo. En 1982 escribió que “la renovación socialista y el movimiento neoliberal tienen nexos profundos” (Tironi, 2013: 106).
Pero el neoliberalismo de la dictadura fue radical y totalizante: redefinió las bases del Estado, la economía y la sociedad, y no fue neutral. Buscó legitimar la dictadura, deshacer las bases económicas del PDC y la izquierda, y crear condiciones para una derecha poderosa tras el retorno de los militares a sus cuarteles.
Esa generación dañó el desarrollo político de Chile en tres dimensiones. Primero, abortó la experiencia reformista de Frei, una tercera vía entre la vía revolucionaria del marxismo y la vía derechista de Jorge Alessandri. Segundo, su rechazo radical a Frei contagió a la izquierda, y la Unidad Popular no extrajo lecciones sobre las complejidades del cambio estructural y su fracaso con el gobierno de Allende desembocó en el golpe. Tercero, legitimó el “modelo” al prescindir de su pecado original de haber sido impuesto por la dictadura (Fontaine Talavera, 1992) y privatizarse al dejar el gobierno, convertida en directores de empresa y asesores de exitosos empresarios pinochetistas.
Por todo ello considero a esa generación como fracasada.
El desplome del socialismo democrático, junto a la autodestrucción del PDC, condujo al fin de la Concertación y abrió el camino al regreso de la derecha a La Moneda con Piñera y Kast. Más aún, da la espalda a la historia de Chile y guarda silencio sobre Frei —un estadista que escuchó los cascos de la historia antes que nadie—, sobre el Presidente Pedro Aguirre Cerda del Frente Popular, y sobre figuras que no llegaron a La Moneda, como el senador conservador el Dr. Eduardo Cruz-Coke.