Ha sido el grito de batalla de la izquierda revolucionaria en nuestro continente, sobre todo cuando alcanza el poder. Su mensaje sostiene que si es derrotada se carecerá de patria, del suelo nativo donde vivir con dignidad; también, consigna jabonosa y en la práctica muchas veces falsa.
Se trata de un lema que podría explicar la autoimagen del régimen de Irán, en especial, en su prosecución de la guerra que le trae desolación junto con ciertos triunfos estratégicos notables. En su enfrentamiento con Irán, EE.UU. hasta el momento repite el esquema de la guerra de Vietnam, donde ganó prácticamente todas las batallas de cierta dimensión; al final, perdió la guerra. En el caso del conflicto actual, está por verse; hasta el momento, es lo que las apariencias nos indican. Por décadas se especuló que las grandes potencias y sus aliados en los países petroleros jamás permitirían el cierre del estrecho de Ormuz; si se efectuaba, desencadenaría una catástrofe para Irán. Hasta ahora, ello no ha sucedido. Un cese del fuego con este punto no resuelto es lo que le da un triunfo neto al Teherán fundamentalista, al menos, en esta fase.
¿A qué costo? Un precio abrumador para cualquier nación y gobierno, salvo para aquellos líderes que identifican su interés material o ideal con el de sus respectivos países. Bajo el sistema de los ayatolas, Irán ejerció influencia como sede de una creencia revitalizada y radicalizada como nación guerrera. Su nombre se hizo grande y los iraníes se hicieron pequeños. Al menos la mitad del país padece indeciblemente bajo una tiranía férrea de la teocracia, que linda en el totalitarismo, para no hablar de las carencias materiales. Hay que encarar el hecho de que es probable que una parte no pequeña del país todavía se alinee con el régimen, fusión de la teocracia militante desgastada, pero con fuerza restante, con el antiguo nacionalismo iraní cuya fuente remota es el mundo persa. Esta fórmula puede haber renovado bríos en esta guerra, por haber puesto en jaque a aquellos que desde 1979 el régimen había proclamado hostilidad absoluta. En otras palabras, la vía de los hechos, producto de la guerra reciente, ha fortalecido al régimen, al menos por el futuro inmediato.
Aunque es improbable que Teherán esté dispuesto a desencadenar un holocausto nuclear como primera opción, no se puede descartar del todo. Proviene del furor de “patria o muerte”, con la disposición y convencimiento de que es mejor para su propio pueblo perecer, con tal de alcanzar una supuesta gloria eterna, como Hitler en 1945. Entre medio, pueden desgastar y cansar hasta el agotamiento político a uno de los poderosos de este mundo, tal cual a Washington le sucedió en Vietnam. En ese entonces, su Stalingrado no estuvo en los pantanos del sudeste asiático, sino en las calles de las grandes ciudades norteamericanas.
Este caso es, además, un buen ejemplo de un liderato revolucionario como el de Hanoi de Ho Chi Minh, que exigió el sacrificio de millones de sus compatriotas, para que al final los dirigentes que ganaron la guerra alumbraran un sistema político y económico no muy distinto al que defendían los derrotados dirigentes del entonces Vietnam del Sur. Para meditar sobre cuán en serio se debe tomar al discurso delirante. En nuestra América, en especial, los hijos de una subregión, en la huella de los Somoza y los Trujillo, tenemos a la dinastía matrimonial de los Ortega; y, más notorio, el régimen de los hermanos Castro, que en estos días manifiesta quizás sus últimos balbuceos.
La ruina del propio pueblo no inquieta demasiado al déspota, si este puede obtener un triunfo no pequeño al humillar al poderoso. Es la apuesta de Teherán.