Señor Director:
Me sumo a la preocupación planteada por Arturo Irarrázaval Méndez, en su carta del 2 de julio, acerca de las vacaciones de invierno escolares separadas de las de los universitarios.
Este desfase se originó en 2022, como medida de emergencia por el alza de los virus respiratorios. En el año 2023 se retomó el calendario habitual, pero del 2024 en adelante se ha planificado el año escolar con vacaciones “anticipadas”, para prevenir situaciones similares. Esto no solo genera el impacto señalado en las eventuales vacaciones familiares, sino que también produce un estrés adicional a las familias que tienen hijos en ambos niveles educativos: ya que los mayores están en el momento más álgido del semestre, estudiando para los exámenes, mientras que los menores están tratando de disfrutar las vacaciones.
También produce un primer semestre muy breve e intenso, con un segundo muy largo, con alto desgaste en los jóvenes y en sus profesores.
Obviamente, la salud es lo primero, pero tengo dudas del impacto actual de la medida, dados los otoños cada vez más cálidos.
Luz Montero O.