“No nos enfrentamos a ningún rival de primer nivel. Salvo el primer partido, que fuimos contundentes, tuvimos grandes problemas con tres equipos que no eran de clase mundial. Eso es un hecho”. Con estas declaraciones, el capitán alemán, Joshua Kimmich, trató de explicar la eliminación de su país ante Paraguay en el Mundial de fútbol.
Naturalmente, ardió Troya. Kimmich fue acusado de racista y despectivo con los países africanos y sudamericanos con los que sufrió en el Mundial. Para rematar —y en un golpe al mentón del capitán—, viejos cracks de la selección germana salieron a cuestionarlo, diciendo que el problema de fondo era que Alemania tampoco tenía en la actualidad jugadores de clase mundial.
Pero Kimmich tiene razón. Con estadios maravillosos y un público bien comportado y alegre, jugadores de todas las razas y colores comparten escenarios para mostrar sus capacidades deportivas. Pero los países llegan al Mundial con experiencias y recursos diferentes. Alemania, finalista en ocho oportunidades y campeón en cuatro, no puede compararse con Costa de Marfil, Ecuador o Paraguay. Por ello, el comentario de Kimmich es, ante todo, una dura autocrítica respecto de cómo estos factores diferenciadores dejaron de serlo y ya no son suficientes para triunfar. ¿Qué ha cambiado que permite a muchos países pobres y sin mayor tradición equipararse a los grandes?
La globalización ha sido clave. Buenos jugadores de todas partes del mundo tienen acceso a las mejores ligas, donde interactúan con los mejores entrenadores y la mejor infraestructura. En este sentido, la integración ha eliminado la ventaja de los recursos. En el mundo actual, un talento global puede escapar de la cancha de tierra, lo que era inimaginable hace pocas décadas. Además, el escrutinio de la transmisión televisiva y el VAR han contribuido a ello. Hoy es más difícil que la mano negra se imponga por sobre el talento y el fair play.
Pero la cancha pareja no es suficiente. Para llegar lejos, se necesitan dos elementos: trabajo y ganas. Disciplina y hambre. La primera, para planificar y la segunda, para darlo todo. Ese equilibrio entre motivación y método es la clave del éxito. Quizá el fracaso de Alemania se ve reflejado en el reclamo de un amigo escandinavo que, sentado sobre el fondo soberano más grande del mundo, reflexionaba sobre el futuro de sus hijos y nietos. Desafortunadamente, tienen su futuro asegurado y, con ello, pocas motivaciones para esforzarse al máximo.
Chile quedó último en las clasificatorias para este Mundial. ¿Será falta de método y disciplina o respuesta a una sensación de relajo y comodidad?
PD: Cualquier parecido con la realidad del país es mera coincidencia.