Este Mundial, como de seguro el próximo, es un gran parque temático para el turismo universal. Esa legión numerosa e invencible que no se detiene ante nada y que cruza los Alpes o trota por los Pirineos y repleta Europa, así como invade Machu Picchu o revienta la costa maya.
Y por la Toscana, Andalucía, Estambul o ir de Buda a Pest y cruzar el Danubio por el Puente de las Cadenas.
Alguna vez en la vida, entonces, debemos ir a un Mundial.
Todo tiene su precio y costo, por supuesto. Barato no es.
¿Y a las pirámides de Egipto y a la muralla China?
También, pero ahora estamos en un Mundial, en la fiesta universal del fútbol y vamos con las fotos y el video y para eso el celular.
Los turistas hinchas de América Latina, que es nuestro barrio, se parecen demasiado entre sí. Es como si los argentinos, ecuatorianos, paraguayos o uruguayos de las gradas provinieran de colegios similares y de vecindarios parecidos. Acá no hay mosaico, acá son todos hermanos turistas con el buen pasar del turismo universal.
¿Una selfie con los del sector, la clase y la selección? Encantado. Mejor acá, que allá o acullá. Para qué estamos con cosas.
Los espectadores capturan al que lanza el córner y cumplen con el primer mandamiento de un turista fiel: registrar con el celular lo que se mueve, no se mueve y todo el resto. Por supuesto los trozos de cada partido. Sería como ir a Copenhague y no enfocar a la sirenita, tan chiquitita; o ir a Pisa y no sacarse una selfie ladeado, por la torre.
El turista registra a los que tiran penales en las definiciones. Aunque esté lejos y la concentración en el pequeño aparato interrumpa el gran panorama, pero nada de eso importa, es lo que hace un turista modélico en el interior de un parque temático que le lleva tantas entretenciones. Digamos expulsiones y patadas, atajadas formidables, están las estrellas, hablamos de los penales, desde luego córners y también errores, aunque eso es muy difícil de capturar, porque pasan cuando nadie lo espera y no hay ritual ni ceremonial.
El turista en el estadio se atrapa a sí mismo y no al partido. A veces finge y en ocasiones es cierto que grita como loco o se enfurece por la mala suerte. Una selfie con el grupo, con el gran estadio a sus espaldas o con los disfrazados que son parte del espectáculo.
Una selfie para demostrar que estuvo presente, vivió la experiencia y fue testigo de un Mundial.
El turista sabe que no hay mejor memoria que la del celular, porque la propia es de alcance limitado, se borra y tantas veces se olvida. Esto no. Esto se almacena y queda mejor que antes. El Mundial se pasa a un computador o a un disco duro y además está la nube. Esa es memoria, mi alma. Y es para siempre. No como uno.