Mañanas frías, muy frías, el invierno ya extiende su dominio sobre el territorio nacional. “La tinta de mi lápiz se congela”. Imagino esas viejas y grandes casonas del campo que cuesta calefaccionar, donde nos salvan un guatero y un brasero. En el invierno se prueba la resistencia de las personas, y también de los países. Entramos a la estación más fría de todas con malas noticias, que hacen prever un invierno duro. Una cesantía que no cede, y señales económicas que podrían anticipar una recesión técnica. Pero la peor recesión de todas no es la económica, sino la política. Y probablemente la segunda sea la causa de la primera. Hace mucho tiempo que en Chile no se hace Política con mayúscula. Mucha farándula, performance, mucha acusación constitucional, políticos que viralizan el rencor y la división en vez de apostar por los acuerdos que le den al país un horizonte.
Esos mismos políticos, en vez de haber guardado los recursos para el invierno, como la hormiga, se dedicaron a cantar cantos de cigarra y de sirena, y a gastar, como país en fiesta. Retiros previsionales, entre otros, y mucha “cueca arriba del piano”. La Cámara de Diputados se fue pareciendo cada vez más a una chingana. Es interesante que esta palabra quechua signifique “laberinto” o “lugar donde es fácil extraviarse”. Fue derechamente el extravío. A Portales le gustaba ir, en la noche, a la chingana, pero deploraba a los políticos “llenos de vicios” y carentes de virtud. Los “honorables a la parrilla”, como los llamaba el periodista de pluma hiriente Eugenio Lira Massi. Es difícil a estas alturas distinguir entre diputados de izquierda y derecha, se comportan igual, hablan igual, dependiendo de las circunstancias, parecen cortados por la misma tijera, políticos “sin filtro”, campeones del twitter y la falta de espesor político. No logro distinguirlos ni me aprendo sus nombres. De diputados republicanos y comunistas, libertarios y frenteamplistas no esperemos nada que eleve la vista, salvo acusaciones y apostillas. Del PDG no sé qué decir: es por ahora un OPNI (objeto político no identificado), y yo les tengo miedo a los extraterrestres. Confío un poco más (un poquito no más) en la derecha y la izquierda “cobardes”. Hoy día ser valiente es sinónimo de ser temerario e irresponsable. Así de invertidos están los valores. Siempre está la esperanza de que el Presidente sea la reserva de esa “majestad del cargo” y “gobierno impersonal” con que soñaba Portales. ¡Siempre que no se ande enfrentando a viva voz con señoras en la calle!
Si la cesantía no cede, si la economía no repunta, los ingredientes están servidos para quien más adelante quiera capitalizar el descontento. Y de la chingana nos pasemos a la “trifulca”. Es en estos inviernos cuando la fragilidad de nuestro país se hace más evidente. El invierno se cuela por los vidrios rotos de una educación en decadencia, con miles de niños que andan en las calles (por los jóvenes universitarios que hace tiempo salieron a la calle y se llevaron todos los recursos a las universidades, descuidando la educación temprana). Una generación joven sale a buscar trabajo y se encuentra con frías respuestas, gélidas algunas. Hasta que pase el invierno. ¿Pero el invierno pasará? No, mientras persista esta desertificación intelectual y política.
Ante las grandes catástrofes naturales, los chilenos nos hemos sabido poner de pie, hemos demostrado resiliencia y estoicismo. Esto no es una catástrofe, es verdad que la casa (el país) no está en ruinas, pero sí hay signos de decadencia que pueden convertirse en un desastre silencioso. Peligroso por lo silencioso. “Emergencia”, “recesión”, “estancamiento”: pónganle el nombre que quieran. Estamos llenos de goteras, grietas, filtraciones. La vieja casa de campo (el país) necesita mejoras sustanciales. “¡Güen dar que hace frío!”. “¿Dónde andan los patrones, iñor?”. La tinta de mi lápiz se congela...