Me tomé algún tiempo para revisar la encíclica de León XIV, y, no más pasar las primeras páginas, reparé en el subtítulo del documento —“Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”—, llamándome la atención el uso allí del verbo “custodiar”, y recordando lo que afirmaba Jorge, el monje benedictino a cargo de la biblioteca que en el siglo XIV visitó el protagonista de la novela de Umberto Eco “El nombre de la rosa”. Aquel monje dijo a su visitante que “el trabajo de nuestra orden es el estudio y la custodia del saber”. La “custodia” —insistió—, no la búsqueda, “porque lo propio del saber, cosa divina, es el estar completo y fijado desde el momento de la perfección del Verbo que se expresa a sí mismo”.
En cambio, y ya en el siglo XX, el paleontólogo católico Pierre Teilhard de Chardin señaló que “ser más es, antes que nada, saber más”, agregando que el progreso que pueda traer consigo un mayor saber no es necesario ni infalible, sino tan solo “ofrecido y esperado”. Antes de Teilhard, como se sabe, Kant llamó a servirnos de nuestro propio entendimiento, o sea, llegar a saber por nosotros mismos, sin necesidad de ningún tipo de tutores. Esta aspiración dio impulso a la secularización de nuestro pensamiento, propia de la Modernidad, y donde “secularización” significa lo que es del siglo, esto es, del tiempo que se vive.
Volviendo al primero de nuestros párrafos, “custodiar” es lo mismo que guardar con dedicación y cuidado, o fijar y conservar algo, aunque también significa recelar de aquello que es temido al advertir la proximidad de un peligro o algún grueso error; y si bien en la nueva encíclica “custodiar” está en un contexto no idéntico al de la novela de Eco, que por además es una obra de ficción, lo cierto es que aquello de “la custodia de la persona humana” suena como si no pudiera incluirse la ampliación y diversificación de lo humano, algo que algunos especialistas consideran posible próximamente. El ser humano, que ha sido resultado de un larguísimo y exitoso proceso evolutivo, no estaría concluido ni siquiera desde un punto de vista biológico, y menos aún desde una apreciación científica y tecnológica. El ser humano, gracias a la ciencia y nuevas tecnologías, si bien excesivamente mercantilizadas y en manos de potentados, podría ponerse al frente de su propia evolución futura, un futuro que viene acercándose a una velocidad cada vez mayor, y que en cierto modo se nos está viniendo encima, y que nos depara grades sorpresas y beneficios; por ejemplo, en los campos de la medicina, el transporte, la enseñanza, la producción de alimentos, y la administración de empresas.
El cuerpo humano —que es lo que somos— está siendo ayudado desde hace mucho tiempo por creaciones o producciones igualmente humanas, como es el caso, por ejemplo, de la energía atómica, los marcapasos, las prótesis, las gafas para ver mejor, recibiendo grandes beneficios de la IA. Se trata de producciones humanas, es decir, provenientes de hombres y mujeres de carne y hueso. Y si pareciera mucho decir que somos un cuerpo, sí podríamos afirmar que todo lo que nos ocurre sucede dentro de nuestros cuerpos, incluidas la actividad intelectual, la vida emocional y afectiva, esa vida que llamamos “interior”, y también el “espíritu” que nos mueve a hacer cosas, a preferirlas, a desearlas y a recordarlas.
Como ven, no he pasado del subtítulo de la nueva encíclica. Muy poca cosa, en verdad, pero las palabras que lo forman, lo mismo que en el caso de su título, dan señales interpretables.