Señor Director:
En su última carta, don Leonidas Montes intenta un esbozo de respuesta a los comentarios que me mereció su anterior columna sobre el tema de catolicismo y liberalismo. Reduce esa respuesta a señalar que no está de acuerdo con que yo atribuya a J. J. Rousseau ser representante del liberalismo ni tampoco con la versión de libertad que yo señalo como la propia de esa ideología. Pero no avanza ninguna razón que explique sus dichos.
Está claro que el catolicismo no se opone al liberalismo porque este le dé importancia a la libertad. Las citas que Montes hace de textos de maestros de la Escuela de Salamanca del siglo XVI muestran muy claramente cómo para la Iglesia Católica este atributo de la personalidad humana es también de la máxima importancia. ¿Dónde, entonces, está la diferencia? En que, para el catolicismo, la libertad va siempre acompañada por la noción de responsabilidad. La libertad no es un atributo para hacer cualquier cosa, sino para cumplir con nuestra finalidad como personas, integrados en comunidad con nuestros semejantes. Y de ello somos responsables.
Para el liberalismo, en su versión original, al menos, la libertad es siempre buena y acertada. Si alguien hace el mal, es porque está encadenado en su libertad. Recuperándola, el camino que él elija, porque él lo elige, va a ser siempre el del bien. En la denominada Revolución Francesa hubo mucho de eso. Los revolucionarios declararon los Derechos del Hombre y del Ciudadano y proclamaron la libertad como su norte. ¿Cuál fue el instrumento que utilizaron? La guillotina, con la cual, en nombre de esos derechos, procedieron a decapitar a decenas de miles de otras personas acusándolas simplemente de ser enemigas de la “libertad”. Lo que llevó a una de sus víctimas, Madame Roland, a una última reflexión: “Libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.
El ejercicio de la libertad es esencial para el progreso humano y, por eso, se ha de defender contra el aprovechamiento que se quiera hacer de ella para justificar cualquier barbaridad. Fue la tarea que la Iglesia Católica asumió en su momento.
Gonzalo Ibáñez S.M.