Sin duda es muy difícil seguir el desarrollo del conflicto en Medio Oriente cuando un día se afirma que el estrecho de Ormuz está abierto y al siguiente cerrado. Pero más allá del impacto al alza en los precios del petróleo, las réplicas de este terremoto geopolítico son profundas. Puede que Estados Unidos ya no esté dispuesto o incluso ni siquiera sea capaz de garantizar la libertad de navegación en los mares, supuesto operativo fundamental para el flujo del comercio marítimo sobre el cual se sustenta la globalización económica. Hoy la posibilidad de que Irán cobre un “peaje” o que solo permita el paso de los tanqueros dependiendo de su bandera es real.
En cuestión de semanas en Chile, una senadora socialista abogó en este diario por las inversiones chinas al denunciar las supuestas trabas que estarían sufriendo; la agencia Bloomberg afirmó que la empresa China Southern Power Grid abandonó su intento de adquirir el control total de Transelec por, entre otras cosas, presiones de Estados Unidos; y una minuta preparada para un ministro, dada a conocer por Ex-Ante, advirtió que los conflictos con compañías del país asiático escalan a lo diplomático.
De lo que nos hablan estas dos situaciones es de la creciente imposibilidad de establecer fronteras entre la economía y la seguridad nacional. Los criterios de costo-beneficio y rentabilidad ya no son suficientes para justificar decisiones de gobiernos o empresas. El intercambio comercial ha traído muchos réditos, pero también ha creado nuevas dependencias que pueden ser objeto de agendas con fines políticos ulteriores, en un momento en que cambia la distribución del poder y su naturaleza.
En su resonado discurso de Davos, el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, describió de forma precisa un mundo en el que “las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma, los aranceles como instrumento de presión, la infraestructura financiera como coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que deben ser explotadas. No se puede vivir bajo la mentira del beneficio mutuo a través de la integración, cuando la integración se convierte en la fuente de la subordinación”.
Entonces, cuando se entreveran la interdependencia económica y la competencia geopolítica, la seguridad económica se convierte en un imperativo. No se trata de intentar blindarse ni desacoplarse de los grandes mercados —en la práctica imposible—, pero sí de reducir los riesgos de forma que no se conviertan en amenazas. Entender que tiene un significado estratégico quien invierta en tus yacimientos de minerales, construya tus puertos, establezca conexiones digitales avanzadas contigo o se inmiscuya en tu sistema de medios de comunicación.
Por supuesto, los mecanismos de escrutinio de inversiones ayudan, como lo saben la mayoría de los países de la OCDE. Al menos en la Subsecretaría de Relaciones Económicas Internacionales de este Gobierno parecen haber entendido, por fin, la necesidad de desarrollarlos. Al mismo tiempo, es importante identificar a los interesados en el ámbito político y privado en que no se definan sectores estratégicos de la economía —y quizás ahí resida la explicación de que aún no se legisle—. Diversificar mercados y garantizar cadenas de suministros por medio de nuevos acuerdos asoman en el horizonte. Pero también se trata de mapear aquellos puntos donde se encuentran las vulnerabilidades del país (la dependencia del petróleo es obvia) y adoptar medidas para reducirlas, como establecer reservas o tener listo un plan B en caso de disrupciones.
Como sostuvo el profesor de la Universidad de Georgetown, Evan Medeiros, en un seminario en el que participamos esta semana en el Centro de Estudios Públicos: “Chile no puede controlar su entorno geopolítico, pero sí puede dar forma a sus vulnerabilidades dentro del mismo. La economía chilena abierta e integrada fue construida para una era que ya no existe. Ahora, Chile necesita desarrollar profundidad económica estratégica: más instrumentos de políticas públicas, más socios, más colchones”.
Que se entienda bien: todo lo anterior no es incompatible con el crecimiento, sino que lo hace más sólido. Volviendo al Primer Ministro canadiense, al identificar si “tenemos lo que el mundo desea”, podemos capitalizar oportunidades. No solo en cuanto a minerales, sino también condiciones geográficas para ubicar las instalaciones terrestres de una economía espacial en plena expansión, un potencial de energías limpias para alimentar data centers en tranquilas zonas australes y pasos interoceánicos alternativos. Todo esto requiere, primero, incorporar al vocabulario la seguridad económica.
Juan Pablo Toro
Senior research fellow AthenaLab