El proyecto de reconstrucción fue aprobado en general en el Senado. Y más allá de lo significativo que ello es para el Gobierno, hay algo que pasó inadvertido: la oposición no cuenta con poder de veto, ni en la Cámara ni en el Senado.
Y eso tiene muchas implicancias para lo que viene.
En la Cámara, el PDG se volvió a alinear con el Gobierno. Y si bien los movimientos de ese partido son insondables, ha ido quedando claro que la mayoría de su bancada es claramente de derecha. Y una Pamela Jiles impredecible, pero que detesta a sus excorreligionarios. Así las cosas, la oposición no tiene la posibilidad de ejercer el veto ahí.
En el Senado había más esperanzas. Pero ha ido quedando claro que Walker está mayormente alineado con el Gobierno y Calisto también. Eso conforma una mayoría de 26-24. Pero además el senador Araya ha mostrado “flexibilidad”, con lo cual hay más espacio aún.
Así las cosas, el apoyo a la megarreforma no solo abre un camino insospechado para el Gobierno, sino que además deja a la oposición en una situación muy compleja, ya que queda claro que no tiene poder de veto en esta legislatura.
“Ganar por un voto es un gran fracaso del Gobierno”, dijo la senadora Paulina Vodanovic. Algo parecido dijo Vlado Mirosevic. Algo peor dijeron muchos otros.
En democracia se gana por un voto. Algo que sabemos desde la antigua Grecia. Y si bien los acuerdos son deseables (sobre todo en aquellos temas profundos del Estado), la forma que tienen las sociedades para decidir es contando el último voto.
Más paradójico es que la propia oposición estuvo a punto de ganar por un voto la reforma tributaria impulsada en el gobierno de Boric. Y, peor aún, la izquierda ha sido la gran opositora a las leyes de quorum calificado.
¿En qué quedamos? ¿Ahora se necesitan “mayorías-mayorías”?
Pero el aspecto de fondo es otro. Al ser inútil la unidad completa de la oposición en torno al veto, el partido que se juega es necesariamente distinto. La unidad instrumental no logra hacerse en torno a ir contra el Gobierno. Entonces, la oposición tiene que pensar: ¿Dónde estar? ¿Con quién estar? ¿Cuántos ser?
Dos, tres…muchas oposiciones (parafraseando al Che).
Por una parte está el Partido Comunista, que esta misma semana ratificó su adhesión al modelo cubano. Cuya imposibilidad de alcanzar mayoría quedó demostrada en la última elección. Y con un liderazgo de Jeannette Jara que tiene escasa proyección.
Un Frente Amplio que sigue en la adolescencia sin saber bien quién es. Cuyo legado de gobierno envejece mal, pero con el liderazgo evidente del expresidente Boric y de un Tomás Vodanovic que parece ser de otro lote.
Finalmente, la ex-Concertación. Vilipendiada por ellos mismos. Travestida en el estallido social. Adulta en el gobierno anterior. Sin saber a dónde ir. Pero con la oportunidad de levantar una opción de centroizquierda moderna.
Habiendo quedado terminado el poder de veto en conjunto como oposición, lo que tiene que venir es la decisión de qué quiere ser cada uno, y como diferenciar sus propuestas políticas. Cómo acrecentar cada uno su domicilio. Y eso aventura que los cuchillos serán afilados.
Pero abre una oportunidad de oro al Gobierno: que bien administrada por la experimentada dupla García Alvarado —con poncho puesto y mate en mano—, le permite proyectar la aprobación de muchas cosas que se proponga. Desde el fin de la dictadura hasta ahora, en ningún momento ha existido la posibilidad de ejercer una mayoría. Kast tiene esa oportunidad. De él depende aprovecharla.