Prometedora parece la renovación de los presidentes sudamericanos. Sus valiosas afinidades les deberían permitir una oportunidad única de cooperación en favor de las legítimas aspiraciones de bienestar de sus pueblos y en beneficio de la unidad regional. Lo que no hicieron sus predecesores de izquierda.
Salvo Brasil, ningún país sudamericano, individualmente, tiene un peso suficiente en el panorama mundial. El resto, actuando juntos, apoyados en mandatarios que comparten principios y valores comunes, pueden defender mejor sus intereses, desafiados por la modernidad y por países, potencias y alianzas extrarregionales.
Por mucho tiempo, los gobiernos de izquierda controlaron el hemisferio sur de América. Por décadas, el peronismo de Néstor Kirchner y de Cristina y Alberto Fernández dominó Argentina; algo parecido ocurrió en Bolivia, bajo el Movimiento al Socialismo (MAS), durante casi 19 años, 13 de ellos presididos por Evo Morales, otros 5 por Luis Arce; en Ecuador, Rafael Correa desempeñó la presidencia por 10 años e intenta influir hasta estos días; Colombia, en 2022, por primea vez eligió a un presidente de izquierda, Gustavo Petro, que debe entregar el cargo en agosto de este año; en Perú, durante 10 años, 9 presidentes, 2 elegidos y 7 interinos, ejercieron la primera magistratura; en Venezuela, el binomio Hugo Chávez-Nicolás Maduro gobernó desde 1999 al 3 de enero de este año, y en Chile, recién vamos saliendo del frenteamplista, aliado con socialistas y comunistas, Gabriel Boric. En Brasil, no sabemos qué pasará en las elecciones de octubre. De todos los nombrados izquierdistas, muchos pretendieron hacer progresar y dar seguridad a sus pueblos, pero sus logros magros los han dejado en el más profundo descrédito.
Esperanzadores son los recambios de Alberto Fernández por Javier Milei; de José María Balcázar por Keiko Fujimori; de la herencia de Rafael Correa por Daniel Noboa; de Gustavo Petro por Abelardo de la Espriella; de Luis Arce por Rodrigo Paz y, para qué decir, de Gabriel Boric por José Antonio Kast.
Esperemos que los nuevos presidentes se diferencien de sus antecesores. Que no pretendan disputarse entre ellos liderazgos, sino que, por el contrario, se dediquen a trabajar dura y discretamente en favor de sus pueblos, que se rodeen de gente honesta y capacitada, y, por cierto, que no aspiren a crear más organismos internacionales. La experiencia de décadas de integración fallida y el fracaso de ostentosas siglas que luego quedaron en nada son una lección que no conviene olvidar.