León XIV continúa interpelando al mundo en cuestiones profundamente humanas. Magnifica humanitas no es solo una crítica a la inteligencia artificial, sino también la apertura de un debate ético, político y civilizatorio sobre cómo habitar cristianamente nuestro tiempo. Su visita a la cárcel Brians 1, en Barcelona, durante su viaje a España, puede entenderse como una oportunidad para complementar esa reflexión sobre la fragilidad humana y como una demostración de los estrechos vínculos que establece entre la dignidad de toda persona y la clemencia.
“Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona” fue una de las declaraciones más notables ante cientos de hombres y mujeres privado/as de libertad. Ser cristiano, les dijo, no consiste en no equivocarse, y ningún pasado debe condenar el futuro. Como también sostiene en Magnifica humanitas, la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino del reconocimiento de ellas. Consciente de las limitaciones que muchas de esas personas enfrentaron como consecuencia de sus condicionamientos sociales y de su propia historia, las animó a elevarse por sobre las imposiciones de su condena e imaginar un futuro con nuevas oportunidades.
Me pregunto si el Papa no nos está hablando también a nosotros, en el actual contexto político y social chileno. La delincuencia y el crimen organizado deterioran la convivencia y alimentan la sensación de que se ha perdido el sentido de justicia que sostiene toda vida democrática. El orden parece resquebrajarse, no solo porque aumenta la inseguridad, sino porque se debilitan los vínculos que hacen posible una vida compartida.
¿Qué nos dice, entonces, el Papa de las personas que han transgredido gravemente ese orden? León XIV no cuestiona las sanciones; son lo que corresponde en una democracia que condena conductas. Pero donde ofrece una lección plenamente consistente con una visión cristiana del mundo es al afirmar que no existe situación alguna en que una persona pierda su dignidad, “porque no existe ninguna situación que haga que el Señor aparte su mirada”.
Los actos vandálicos, las incivilidades, son actos que vulneran los fundamentos de la vida en común. No obstante, cuando se reemplaza la descripción de una conducta por una etiqueta permanente (“vándalo”) se corre el riesgo de debilitar aquello que se quiere proteger: una cultura de la responsabilidad.
Las democracias sancionan conductas; deberían ser muy cautas cuando comienzan a clasificar personas. El problema del llamado “registro de vándalos” no radica únicamente en sus eventuales efectos legales o prácticos.
Incluso si pudiera defenderse desde el punto de vista legal, la dificultad comienza antes: cuando el propio Estado decide llamar “vándalos” a las personas. También se plantea aquí una cuestión conceptual relevante. Una persona puede haber cometido un acto vandálico; convertirla en “vándalo” implica transformar una acción determinada en una condición permanente. Es un mecanismo de etiquetamiento que reduce al individuo a uno de sus actos y dificulta reconocer la posibilidad de cambio, responsabilidad y reinserción.
Lo saben muy bien quienes intentan reconstruir su vida después de cumplir una condena. Rosa (su nombre no es real), entrevistada para el libro “Salir del Infierno: Historias de mujeres y cárcel” (Stuven, Undurraga, Bachmann, 2025), expresó con claridad lo que significa la ausencia de distinción entre acción y sujeto: “Me marginaron... porque tengo antecedentes. Mi condena no terminó ahí; empezó acá. Nos siguen llamando delincuentes. ¿Por qué no dicen: una persona cometió un delito? Porque eso fue lo que pasó”.
La diferencia parece pequeña, pero es decisiva. No es lo mismo un registro de personas condenadas por determinados delitos que un registro de “vándalos”. Lo primero identifica una situación jurídica; lo segundo convierte una conducta en una identidad.
León XIV vuelve a recordarnos un principio que debería orientar toda política democrática y toda inspiración cristiana: las personas siempre son sujetos de futuro. Las etiquetas, en cambio, las condenan a vivir permanentemente, como escribió Brian Stevenson, en “Just Mercy”, definidas por su peor pasado. Las palabras también condenan.