Hoy Fernando Monckeberg cumple 100 años. Es probablemente el héroe nacional vivo más importante que tiene Chile.
A principios de los años 50, recién titulado de médico, llegó casi por casualidad a La Legua. Lo que encontró lo marcó para siempre: se encontró con la brutal realidad de que la mitad de los niños en Chile moría antes de los 15 años, y transformó el combatir la desnutrición infantil en la misión de su vida. Sin importar el color político, habló primero con Allende, luego convenció a Pinochet y a sus ministros —entre ellos Miguel Kast—, y se logró implementar lo que ha sido quizás la política social más exitosa en la historia de Chile: la leche en los consultorios. Gracias a él, pasamos de una mortalidad infantil de 79 por cada mil nacidos vivos en 1970, a menos de 7 hoy. Y la esperanza de vida saltó de 63 años a más de 80.
Pero Monckeberg siempre advirtió que los niños necesitaban dos cosas: “Alimentación y estimulación. Un vaso de leche y un beso en la mejilla”. Chile ganó la batalla contra el hambre, pero nos olvidamos de la estimulación.
Esta semana un niño de 12 años murió arrastrado por el auto que le robaron a su familia en una encerrona en San Bernardo. El autor tenía 17 años. El Presidente Kast preguntó lo que todos nos preguntamos: “¿En qué momento fuimos perdiendo a nuestros niños en manos del crimen organizado?”. Un estudio de Paz Ciudadana revela que el 47% de los presos en Chile cometió su primer delito antes de los 13 años. Claudia Pizarro, alcaldesa de La Pintana, lo explica mejor que nadie: “Los chiquillos cuando se meten a ser soldados ya es demasiado tarde. Un niño soldado le agarró el gusto a la zapatilla, al auto, a todo lo que les ofrecen ellos. El Estado no le ofrece eso”.
La evidencia científica es clara: lo más efectivo para prevenir carreras delictuales tempranas es que los niños encuentren una tribu que los haga sentirse queridos, especiales y únicos —y que esa tribu compita con lo que ofrece el narco—. Esa tribu debería ser primero la familia, y luego el colegio. Pero la jornada escolar completa nunca cumplió esa promesa: se llenó de más de lo mismo, y los niños más vulnerables siguieron sin tener dónde pertenecer.
Hace seis años un grupo de personas de distintos sectores, liderados por la doctora en Neurociencia Florencia Álamos, creamos la Fundación Kiri con una idea simple y revolucionaria: impulsar una ley para que todos los niños y niñas de Chile se sientan queridos, especiales y únicos a través de comunidades culturales, deportivas y científicas. Kiri demostró en terreno que funciona; un niño que elige su taller, que compite los fines de semana frente a sus padres y abuelos, que siente que pertenece a algo, es un niño más feliz y mucho más difícil de ser seducido por una carrera delictual.
Afortunadamente en enero de este año se logró hacer realidad este sueño, y se aprobó en el Congreso el Programa de Bienestar Socioemocional Escolar, que entrega $25.000 mensuales por niño a cada colegio público y subvencionado para talleres de deporte, música o ciencia. Para que cada niño encuentre su tribu —su equipo de cueca, su orquesta, su club de robótica—. Un programa social universal y robusto para darles a nuestros niños más vulnerables lo que el narco hoy les ofrece: un lugar donde sentirse considerados e importantes. Hoy el actual gobierno se encuentra dedicado a su implementación.
Monckeberg demostró que una política pública bien diseñada puede cambiar el destino de un país. Ahora nos toca a nosotros darles a nuestros niños la estimulación y el cariño que se nos olvidó.