La forzada renuncia de Keir Starmer, líder del laborismo durante seis años y Primer Ministro de Gran Bretaña durante dos, no sorprendió. Varios de sus ministros lo habían abandonado y sobre cien parlamentarios pedían su renuncia, aun antes de las catastróficas elecciones del 7 de mayo, cuando el laborismo perdió la mitad de sus concejales y dos tercios de sus ayuntamientos. Con todo, Starmer persistía en mantenerse en el poder, anticipando caos si renunciaba, y con la promesa de aportar estabilidad al Reino Unido, que en diez años fuera gobernado por cinco primeros ministros. También resaltaba como éxito su acercamiento a la Unión Europea, países asiáticos y con Donald Trump, hasta que le negó a este el uso de enclaves militares británicos para la guerra en Irán. Y sumaba a eso avances en disciplina fiscal y otros progresos. Superaban a sus logros, sin embargo, las críticas por sus vacilaciones y demoras en materializar su agenda, y la inflación y pérdida del poder adquisitivo. A su vez, mientras sectores de izquierda dura laborista le imputaban un giro al centro, había una transversal crítica a su falta de carisma, dificultades para comunicar, y al escandaloso nombramiento como embajador ante Estados Unidos de Peter Mandelson, ideólogo de Nuevo Laborismo de Tony Blair, ajeno a la diplomacia y cuestionado por abusar de sus vínculos políticos para fines privados, además de cercano al pedófilo Jeffrey Epstein.
Starmer reconoció no ser el líder para conducir al laborismo al triunfo en las próximas elecciones. Decepcionados sus votantes, el Primer Ministro fue perdiendo popularidad como ninguno de sus predecesores, salvo Theresa May. Facilitó temporalmente su permanencia la ausencia de un líder alternativo, lo que terminó la semana pasada con la elección de Andy Burnham como parlamentario por Makerfield. Burnham, de reconocida trayectoria política, había disputado el liderazgo laborista en dos ocasiones, servido en el gobierno de Tony Blair y destacado como alcalde de Gran Manchester. Gran comunicador y carismático, se sitúa a la izquierda de Starmer. Escéptico del poder de los mercados, poco comprometido con la disciplina fiscal y ambiguo en su agenda, triunfó por amplia mayoría en la elección complementaria por Makerfield, especialmente concebida para elegirlo como miembro del Parlamento, requisito para que pudiera postular a la presidencia del partido y ser electo Primer Ministro. El próximo 9 de julio se abrirán las inscripciones para las candidaturas a liderar el laborismo y consecuentemente ser elegido Premier, lo que se estima debería ocurrir el 16 de julio, de no haber otro competidor. Ya dos de sus potenciales rivales, que habían desafiado a Starmer, han terminado por apoyarlo.
Formidables obstáculos deberá sortear Burnham al frente del Reino Unido. Pretende gestionar la elevada deuda pública y el déficit fiscal, estrechar lazos con la Unión Europea, reducir las cuentas de los servicios públicos e impulsar estatizaciones; en particular, la de la empresa de agua potable de Londres. También aboga por perforar pozos de petróleo, lo que es rechazado por el influyente sector de Ed Miliband, ministro de Energía. Favorable a los controles migratorios, se opone a la exigencia de 10 años para otorgar la residencia definitiva; promete subir el impuesto a la herencia e impulsar un equilibrio entre la educación universitaria y la técnica, con preferencia en la financiación de esta última.
Parecería que Gran Bretaña enfrenta una crisis de gobernabilidad por las divisiones en los partidos tradicionales: los laboristas, que controlan el Parlamento, y los conservadores, primera minoría, que los igualan en declinante intención de voto. A ello se agrega el surgimiento de partidos nuevos a sus expensas. En la derecha, el Partido de la Reforma, actualmente el más popular, y en la izquierda, Los Verdes.