En los años 60 y en plena Guerra Fría, los líderes de los países occidentales temían lo contrario de lo que temen hoy. Junto con la amenaza nuclear, la llamada “explosión demográfica” era considerada como uno de los principales desafíos para el desarrollo. El exceso de población, especialmente en los países pobres, no solo se veía como un obstáculo económico, sino también como un potencial caldo de cultivo para el estallido de crisis sociales y revoluciones.
Chile hizo suyo ese diagnóstico. Con una fecundidad de 5,4 hijos por mujer en 1960 y una proporción importante de la población viviendo en la pobreza y la extrema pobreza, muchos creían que una crisis social era inevitable. Como respuesta, en 1965 las autoridades impulsaron programas de planificación familiar mezclados con una lectura neomalthusiana de la realidad: reducir la natalidad era una condición para alcanzar el desarrollo. Paradójicamente, seis décadas más tarde, la preocupación es exactamente la opuesta: Chile enfrenta una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo.
Desde los 60 no solo transcurrió el tiempo: hubo una profunda transformación cultural y familiar. Como resultado, en 2025 Chile cruzó una frontera inédita: por primera vez, se registró menos de un hijo por mujer —0,99, según el INE—, una de las tasas más bajas del planeta, junto a Corea del Sur y Singapur.
Sin embargo, el fenómeno dista de ser nuevo. En el siglo II a. C., el historiador Polibio observó cómo las ciudades de la Hélade se despoblaban mientras Roma consolidaba su hegemonía. No encontró la explicación en guerras ni epidemias, sino en un cambio de las costumbres: los ciudadanos preferían preservar su patrimonio y comodidad antes que formar familias numerosas. Polibio ya intuía la relación entre prosperidad, individualismo y declive demográfico.
Dos historiadores contemporáneos han profundizado esa intuición. Philip Jenkins, en “Fertility and Faith”, sostiene que la disminución de la natalidad suele ir acompañada de un debilitamiento de la religiosidad. Chile parece confirmar esa relación. Mientras la natalidad descendía, el porcentaje de católicos cayó del 77% en 1992 al 54% en el Censo de 2024. Entre los jóvenes el cambio es aún más pronunciado: quienes se declaran sin religión ya son cerca de la mitad.
Niall Ferguson añade otra dimensión: “la crisis de fertilidad ya no es ciencia ficción”. A su juicio, la crisis demográfica constituye uno de los grandes desafíos del siglo XXI porque las economías modernas están diseñadas para crecer, no para reducirse. Una población que envejece y disminuye pierde dinamismo y capacidad de innovación. Elon Musk ha llegado incluso a calificar el colapso demográfico como el “mayor riesgo para el futuro de la civilización”.
En Chile las consecuencias ya se sienten: el sistema de pensiones se levantó sobre una población joven que hoy envejece, y tres de las dieciséis regiones registran más muertes que nacimientos.
¿Por qué nacen menos niños? No existe una explicación única. Pero resulta evidente que detrás de las cifras hay un cambio cultural profundo. Se estudia durante más años, las mujeres tienen hoy oportunidades equivalentes a los hombres, las parejas se forman más tarde, mientras el costo económico y personal de criar hijos aumenta sostenidamente. Para muchos, incluso deseando una familia más grande, las condiciones simplemente no existen.
En Europa y Estados Unidos estos cambios se desarrollaron gradualmente durante más de un siglo. Chile los experimentó de manera vertiginosa entre 2000 y 2025: caída de la natalidad, secularización acelerada y consolidación de una cultura centrada en la autorrealización individual.
Por eso las políticas de incentivo suelen ofrecer resultados modestos. Ferguson recuerda que desde los años 70 numerosos países han intentado elevar la natalidad sin lograr revertir la tendencia. Rusia experimentó un repunte temporal bajo Putin, pero volvió rápidamente a niveles muy bajos. Los incentivos ayudan a quienes ya desean tener hijos, pero sin generar necesariamente un cambio cultural equivalente al problema.
Hace 60 años también hablábamos de una “crisis demográfica”, aunque por razones opuestas. Entonces creíamos que sobraban hijos; hoy lamentamos que falten. Tal vez la pregunta de fondo ya no sea cuántos niños nacen, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo para que las nuevas generaciones quieran tenerlos.