El triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia y de Keiko Fujimori en Perú consolidan el “giro a la derecha” en América Latina, una tendencia que ya se había observado en otros países, como fue el caso de Argentina con Javier Milei y de Chile con José Antonio Kast. En la práctica, se ha producido una derechización del continente, algo contraintuitivo considerando la fama de la región.
Hace exactamente 20 años la situación era exactamente la contraria. El 2006 había comenzado con numerosos gobiernos de izquierda: Hugo Chávez en Venezuela, con su proyecto de Socialismo del siglo XXI y con gran influencia en otros países; Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil (ese mismo año fue reelegido); Alejandro Toledo en Perú, Tabaré Vásquez en Uruguay y Néstor Kirchner en Argentina.
En enero de ese año asumió Evo Morales en Bolivia y dos meses después Michelle Bachelet en Chile. Adicionalmente, ese año triunfaron Rafael Correa en Ecuador y Daniel Ortega en Nicaragua, consolidando una fuerza que parecía no tener vuelta atrás. Obviamente había diferencias y matices entre todos ellos.
Las excepciones eran escasas: Álvaro Uribe en Colombia, el triunfo de Alan García en Perú y el México de Vicente Fox y Felipe Calderón mostraban la pervivencia de cierta competencia. El dictador Fidel Castro todavía gozaba de respaldo internacional; por otra parte, las izquierdas parecían representar el futuro y se beneficiaban por los altos precios de los commodities y por algunos resultados sociales; la legitimidad democrática de los gobiernos daba fuerza a sus ideas y las fotos conjuntas de sus líderes los mostraban alegres y orgullosos. Hoy la situación es radicalmente distinta.
Los últimos tres lustros se han caracterizado por una alternancia frecuente en los liderazgos y entre derecha e izquierda, que muestran una imposibilidad práctica de proyectar los gobiernos por más de un período, donde resulta más fácil lograr el triunfo desde la oposición y con una sensación de fracasos sucesivos que despiertan más temores y frustraciones que ilusiones y encanto.
El mapa político actual tiende a mostrar una derechización de América Latina. A los mencionados Milei, Kast, Fujimori y De la Espriella deberíamos sumar a Rodrigo Paz en Bolivia, Daniel Noboa en Ecuador y Laura Fernández en Costa Rica. La mayoría de ellos sigue las ideas de la libertad económica, con un énfasis en la seguridad, marcados parcialmente en este último plano por el liderazgo de Nayib Bukele, líder de El Salvador.
Sin embargo, me parece un error sobreestimar esta tendencia “derechista”, en parte porque los dos países más grandes de América Latina están gobernados por la izquierda: Lula da Silva en Brasil y Claudia Sheinbaum en México, a quienes se puede sumar Yamandú Orsi en Uruguay. La izquierda tiene, además, el subsidio casi permanente de tres países: Nicaragua de Ortega, Cuba de Díaz-Canel y Venezuela, ahora gobernada por Delcy Rodríguez.
Pese a ello, es preciso constatar algunas cosas. Primero, el fracaso evidente del proyecto chavista y el aislamiento en que ha quedado el Socialismo del siglo XXI. Segundo, por las informaciones que llegan de una eventual reforma económica en Cuba, que se abriría al mercado, en una confesión abierta del fracaso del socialismo instalado en la isla hace casi setenta años. Tercero, los malos resultados de distintos gobiernos de izquierda, que han llevado a los triunfos opositores.
Con todo, el mismo desafío tienen las derechas gobernantes. Sería un error suponer que su éxito se mide por la capacidad de conquistar el gobierno, cuando muchas veces las victorias están definidas por contraste con quienes están en el poder. Además, algunos triunfos han sido estrechísimos y serán disputados incluso legalmente (Perú y Colombia). Por último, es en el gobierno donde deberán demostrar el éxito de sus propuestas y programas, y superar el ánimo destituyente de algunos movimientos sociales, de alguna manera presente en Bolivia este 2026, como lo hubo en Chile en 2019.
La hora de la verdad llegará cuando los gobiernos de derecha sean capaces de dejar en sus sillones a un sucesor de sus ideas, que dé continuidad a las políticas que han sustentado. Es decir, cuando pasen de ser un paréntesis y logren ser un proyecto con continuidad y trascendencia. De lo contrario, la ruleta seguirá girando y el mapa político de la región volverá a tener alternancias que dejarán en el pasado el espejismo de la hora actual.