A los cinco minutos de empezada la clase, una alumna hace una pregunta muy concreta y pertinente. El profesor, acostumbrado a 35 años de pasividad de los estudiantes, se sorprende un poco y luego continúa su clase, que trata sobre la escritura de “no ficción”. Pero unos minutos después otros dos estudiantes levantan la mano para hacer preguntas que, desde su propia experiencia, ponen en cuestionamiento lo que acaba de decir. Desde ese momento la cascada de preguntas no cesa hasta el fin de la clase. El profesor experimenta esta irrupción de curiosidad con una mezcla de felicidad e incomodidad. Según lo viene haciendo durante años, ha preparado su clase de acuerdo a un esquema simple y flexible, el que incluye ejercicios prácticos. Nada de lo que ocurre en este caso se ciñe a lo planeado. Si se la mira según ese patrón, la clase fue un fracaso. Y, sin embargo, los alumnos la consideran un éxito. No quiere hacer la comparación, pero es imposible no hacerla, con otra clase de hace algunos días, en la cual la experiencia fue la inversa. No es asunto de inteligencia, y entonces, ¿cuál es la fuerza, se pregunta el profesor, que mueve a un estudiante a transformarse en el eje dinámico de una clase? ¿Qué lo hace salir de ser únicamente un polo de recepción pasiva de los discursos ajenos? ¿Qué lo hace saltar y convertir esa duda interna en pregunta expresa y activa? El profesor está perplejo. Hace años que viene soñando y creando las condiciones para que surja algo mínimamente parecido a lo que ha sucedido en esta clase, sin éxito.
Los estudiantes son adultos mayores, y el profesor —que también lo es— piensa, antes que nada, en la vitalidad de las personas de esa edad que los hace ser tan buenos estudiantes, y también en la estupidez de una sociedad que los descarta, perdiendo su tesoro de inteligencia, experiencia y entusiasmo.
¿Cómo interpretar el silencio y cómo interpretar la pregunta? El profesor, perplejo, piensa en lo despierta que puede encontrarse la curiosidad, en lo intenso que puede ser el deseo de saber.
E intuye una posible respuesta. Tal vez estos estudiantes preguntan tanto porque han llegado a una edad en que aprender tiene principalmente una dimensión de gratuidad y gracia, sin la coerción del cálculo. De algún modo vuelven a lo originario, a esa curiosidad sin interés que es la forma más limpia de la inteligencia. Quizás por eso, en una época en que las máquinas responden antes de que alcancemos a preguntar, ese interrogar vivo de quien desde lo más hondo quiere saber se convierte en lo verdaderamente humano.