Señor Director:
“Son siempre los ojos”, escribió Barnes en “El sentido de un final”, sugiriendo que, pese al paso del tiempo, aquello que fijamos de las personas —lo que permanece en nuestra memoria— es, ante todo, su mirada.
En un mundo donde la interacción humana directa ha disminuido drásticamente —¿cuándo fue la última vez que compramos el diario en un quiosco o realizamos un trámite bancario de manera presencial?—, cabe preguntarse cuánto se ha reducido también el contacto visual entre las personas, incluso dentro de sus propias familias. Vemos niños en sus coches aferrados a un dispositivo móvil, adolescentes cruzando las calles con la vista clavada en sus teléfonos, parejas y familias enteras sentadas alrededor de una mesa, absortas en sus respectivas burbujas digitales.
En “El elogio de la sombra”, el hermoso ensayo que Tanizaki publicó en 1933, el autor lamenta la desaparición de ciertas experiencias sensoriales provocada por la llegada de la luz eléctrica a Japón. Entre ellas, la posibilidad de contemplar el brillo de un Buda en la penumbra de un templo, una belleza que solo podía revelarse en la sombra.
¿Será que la conexión digital permanente nos está desconectando en un sentido más profundo? ¿Que, mientras multiplicamos nuestras formas de comunicación, estamos reduciendo nuestra capacidad de mirarnos, comprendernos y reconocernos unos a otros?
Patricia Pérez Goldberg