Abrazarse, jugar a la pelota, pisar las hojas del otoño, conversar, hojear un libro: pequeños placeres de la vida, simples, tan simples que alguien podría dudar de que se trata de “placeres”, aunque tal vez sean la base del bienestar en esta existencia finita que nos fue dada. Silvio Rodríguez, el trovador cubano, se pregunta a dónde van esos momentos cotidianos tan entrañables: “¿Adónde va lo común, lo de todos los días?/ El descalzarse en la puerta, la mano amiga?/ ¿Adónde va la sorpresa, casi cotidiana, del atardecer?/ ¿Adónde va el mantel de la mesa, el café de ayer?/ ¿Adónde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar?/ ¿Acaso nunca vuelven a ser algo?/ ¿Acaso se van?/ ¿Y adónde van?”. Elegía de los placeres simples, de suyo finitos, pero que quisiéramos prolongar. Como cuando nos resistíamos a dejar de jugar a la pichanga, cuando nuestra madre nos llamaba a cenar. Pues bien, esos placeres que el trovador rescata en sus versos, y que hacen más vivible nuestro difícil existir, hoy están en peligro.
Ya no es la finitud que los hace peligrar, es la anhedonia. Anhedonia: incapacidad de sentir placer o interés por actividades que antes resultaban agradables. La anhedonia, que puede ser uno de los síntomas de la depresión, hoy avanza silenciosa afectando a millones de seres humanos cuyo cerebro, acostumbrado al exceso de dopamina que produce el uso de los dispositivos celulares, prefiere el placer de conectarse digitalmente que presencialmente, de hojear “reels” que libros o periódicos, navegar en la red que caminar sin rumbo fijo una tarde hermosa de otoño por las calles de la ciudad. La anhedonia ya la conocen los padres que ven con preocupación a sus hijos encerrados en sus piezas pegados a la pantalla, en vez de salir a jugar con sus amigos. También los profesores de colegio y universidades que se encuentran, cada vez más, con generaciones de alumnos desmotivados, apáticos, a los que ya una idea, un verso o incluso una bella fórmula matemática no les produce asombro.
Baudelaire, en el siglo XIX, en su poema “Al lector” , después de enumerar los pecados y “caídas” del alma y la psique, afirma que de todos los monstruos interiores “¡hay uno más feo, más malo, más inmundo!”. Es un monstruo “delicado”, que “no produce grandes gestos, ni grandes gritos”, pero su poder devastador es enorme: “Haría complacido de la tierra un despojo/ y en un bostezo tragaríase el mundo”. ¿Y quién es ese monstruo?: “¡Es el Tedio!”, exclama Baudelaire. Nosotros tenemos nuestro propio monstruo: la Anhedonia. La enfermedad ya se coló en nuestros hogares y en las salas de clase. El monstruo “delicado” y devastador está viviendo entre nosotros, se acuesta con nosotros y se despierta con nosotros (pienso en los dispositivos digitales prendidos hasta tarde). ¿Tendremos que esperar estudios científicos concluyentes, que pueden demorarse décadas, cuando la evidencia diaria nos lo está mostrando palmariamente todos los días, para tomar medidas y evitar que el daño se profundice? Si un país como el Reino Unido acaba de tomar medidas tan radicales como el prohibir el acceso a las redes sociales a menores de 16 años, es porque la comprobación del daño debe ser alarmante. Un 90% de los padres británicos consultados aprobaron esta radical medida.
Hace muchos años publiqué una columna con el título “secuestrados por las pantallas”. Me llegaron muchos mensajes acusándome de alarmista y de talibán. Pienso que me quedé corto: hoy titularía “muertos en vida por la pantalla”. “Dormidos despiertos”, diría Heráclito. Pero no bastará con prohibiciones o decretos para vencer al monstruo que devasta silenciosamente nuestra civilización hoy. Tendremos que ser capaces, padres y profesores, de proponer un nuevo reencantamiento del mundo que pueda competirle al hechizo digital. Pero para eso tendremos que vencer primero, en nosotros mismos, la anhedonia. ¡Menudo desafío! ¡Pero hermosa batalla!