Si las intuiciones morales son el compás que guía nuestra conducta hacia lo correcto, ¿podrían ellas ir en contra del progreso social? La historia reciente de nuestro país muestra que sí puede ocurrir, y que conviene extraer lecciones de aquello.
Luego de la recuperación de la democracia, Chile tuvo 20 años de desarrollo acelerado, fundado en acuerdos implícitos, alcanzados transversalmente por la clase política. Eso se logró, entre otras razones, porque la izquierda gobernante, luego del doble trauma de sobrevivir al gobierno militar y de ver el fin de los socialismos reales, optó por continuar con el modelo de desarrollo basado en una economía de mercado, a lo que agregó una preferencia por la “equidad”. Sin embargo, una parte de esa izquierda, la posteriormente llamada “autoflagelante”, solo aceptó lo anterior a regañadientes.
Con el tiempo, los consensos comenzaron a resquebrajarse y los disensos se hicieron públicos. Para los disidentes, y para los nuevos colectivos agrupados en torno al Frente Amplio, los veinte años anteriores habían sido una traición a sus principios.
Afirmaban que el mayor problema de Chile era la “desigualdad”, aquella que resultaba del modelo seguido en democracia. Es decir, su queja contenía un trasfondo moral. El lucro, el individualismo y la competencia —en último término, el “neoliberalismo”— era su causa. La versión más benigna de su postura estaba inspirada moralmente: desarticular la desigualdad. Resurge entonces la pregunta inicial: ¿seguir esa intuición moral, profundamente humana, no es acaso el camino adecuado para transitar hacia una mejor sociedad? ¿Cuál sería el error de conducir al país en esa dirección?
Uno específico. Que los seres humanos no nacemos como una página en blanco. Nacemos con la información genética que se transmite de una generación a otra en el proceso reproductivo. Ella da lugar a los rasgos más universales de lo humano, que constituyen su naturaleza: nuestro sistema cognitivo, nuestro sistema emocional y los elementos más innatos de nuestra psicología moral. Es cierto que sobre esa capa se instala luego toda la información cultural —no genética— que acumulamos a lo largo de la historia y adquirimos durante nuestras vidas. Pero ella no modifica nuestra naturaleza.
Los rasgos de esa naturaleza, investigados con meticulosidad en las últimas décadas por los cientistas sociales evolucionarios, permiten afirmar que las personas no solo nos preocupamos por los demás, sino también de nosotros mismos, que más que igualarnos entre todos buscamos intensamente diferenciarnos jerárquicamente en las áreas en que nos desempeñamos, y que, por lo tanto, no solo colaboramos, sino que también competimos.
Dar prioridad al combate a la desigualdad tiende a estrellarse con esto último, y, en consecuencia, con algo que resulta esencial para crear valor: la libre iniciativa individual, especialmente la forjada en ambientes competitivos, porque ella alimenta las distintas formas de innovación —científico-tecnológica, jurídico-normativa o filosófico-conceptual, entre otras— con las que las sociedades progresan. Por el contrario, la uniformidad que busca forzar una igualdad inalcanzable, ahoga esa innovación y la diversidad deliberativa en la que se fundan las sociedades libres, indispensable para que la creación de valor no se descarrile en direcciones inapropiadas.
La idea de que basta crear el entorno cultural apropiado para que la naturaleza de las personas se acomode a él, que basta dictar normas basadas en intuiciones morales para que las personas las sigan, que solo se requieren buenas intenciones para que todo funcione, se funda en una errada concepción antropológica del ser humano. Por eso fracasó estrepitosamente donde se intentó, ya sea en la Cuba de los Castro o en la China de Mao. Solo cuando llegó Deng Xiaoping, para quien no importaba el color del gato (comunista o capitalista), sino que cazara ratones (actuara conforme a su naturaleza), comenzó el acelerado proceso de creación de valor que ha tenido lugar en China.
El progreso requiere utilizar inteligentemente los sesgos de nuestra naturaleza y no combatirlos inútilmente; precisa evitar la ingenuidad política, asumiendo con realismo nuestra antropología y aceptando que las desigualdades las generan quienes toman riesgos para crear riqueza, por lo que corregirlas requiere sofisticación. Y, por supuesto, necesita preservar el sistema de libertades y división de poderes, que impida la excesiva concentración de estos últimos.
Nuestras intuiciones morales no operan sobre ángeles imaginarios, sino sobre seres humanos, cuya naturaleza es la que es.