Nadav Lapid es un destacado director de cine israelí y un duro opositor al gobierno de Benjamin Netanyahu. Su última película, Yes, lo ratifica. Ha sido descrita como una visión demoledora sobre su país y la guerra en Gaza, por lo que ha recibido críticas de las autoridades. Pero si eso era relativamente esperable, pocos hubieran imaginado la situación que el director enfrenta por estos días en Europa, donde es blanco de un boicot promovido, no por grupos nacionalistas judíos, sino por sectores de la izquierda radical que afirman solidarizar con el pueblo palestino.
Ocurre que una parte del financiamiento de Yes fue aportado por un organismo estatal autónomo y, para los impulsores del boicot, ya eso es suficiente: en lugar de celebrar que en Israel se levanten voces críticas a Netanyahu y sus políticas, sostienen que el solo hecho de haber recibido dinero del Estado —no del gobierno— justifica la proscripción. Se trata de una argumentación típicamente marxista que rechaza, según sostienen, “la idea burguesa y reaccionaria de que las obras, los artistas y las instituciones culturales pueden estar exentos de las condiciones políticas, económicas e históricas de su existencia”. Así, poco importa la posición que Lapid tenga, pues “ninguna producción es inocente cuando se ve atrapada en circuitos institucionales que sirven para normalizar un Estado colonial”.
Pero el cuestionamiento no se quedó en lo teórico, sino que tuvo efectos muy concretos cuando se anunció que el director sería jurado del próximo festival de cine de Marsella. Ante ello, en protesta, una parte de los otros cineastas participantes reaccionó amenazando con retirar sus películas. La dirección del festival intentó calmar los ánimos reduciendo la presencia del israelí: ya no sería jurado, sino que solo asistiría a la exhibición de un filme de su autoría. Aun así, la presión siguió hasta que finalmente Lapid declinó concurrir.
El episodio ha dividido al mundo cinematográfico. En apoyo al cineasta, unas 350 figuras —con nombres como la actriz Natalie Portman— enviaron una carta a Le Monde donde calificaron lo ocurrido como “un fracaso intelectual” e hicieron ver la paradoja de que un cineasta disidente sea objeto de boicot. Con todo, han advertido otras voces, lo verdaderamente relevante no es la posición política de Lapid, sino el grave acto de censura llevado a cabo sobre él y su obra. Y es que hechos como este vuelven a poner en evidencia cómo hoy ya no son solo los gobiernos autoritarios los que atropellan la libertad de expresión, sino también grupos radicalizados que se declaran portadores de una supuesta pureza política, y que intentan imponer esta mediante todo tipo de formas de presión, incluso sin importar si esas acciones efectivamente contribuyen a la causa que proclaman.
Desde Chile, todo ello podría parecer lejano, pero no lo es. Desde luego, una argumentación similar a la del boicot contra el cineasta es la que motivó hace algún tiempo la toma de la Casa Central de la Universidad de Chile y los movimientos que exigían cortar los vínculos con universidades israelíes. Pero, incluso más allá del tema Medio Oriente, funas y polémicas más recientes imponen preguntarse si acaso nuestro propio mundo cultural puede declararse libre del sectarismo y las prácticas cancelatorias evidenciados en el caso Lapid.