Señor Director:
La discusión sobre la instalación de una reja en torno a la Fuente Alemana o, eventualmente, sobre todo el Parque Forestal, no es solo un debate patrimonial ni administrativo. Es, sobre todo, una pregunta civilizatoria: ¿cómo queremos vivir?
Desde la ciudad colonial, pasando por la república y hasta nuestros días, la vida chilena se ha construido en torno al espacio público: la plaza, la calle, el parque, la fuente, el paseo. Allí no solo se transita; allí se convive. Allí crecimos como sociedad.
Por eso resulta profundamente desconsolador que, frente al vandalismo y la inseguridad, la respuesta propuesta por la autoridad sea encerrar uno de los pocos símbolos civilizatorios que aún resisten. Comprendo el cansancio, el costo de reparar una y otra vez, la impotencia ante la destrucción gratuita. Pero aceptar la reja como destino es admitir que ya no nos preguntamos cómo queremos vivir la ciudad, sino apenas cómo sobrevivir en ella.
Un vecino lo decía con dolorosa lucidez: ¿por qué tendría que salir con su familia a pasear dentro de una jaula, como un león? Esa imagen resume la derrota cultural que estamos normalizando. No es la fuente ni el parque los que deben quedar encerrados; es la barbarie la que debe ser contenida.
Quiero creer que aún quedan ciudadanos razonables que se niegan a cercar sus símbolos y a vivir enjaulados. Quiero creer que todavía podemos defender nuestro estilo de vida y, con más ahínco aún, que somos capaces de pensar críticamente la sociedad que estamos construyendo. Porque considerar razonable la sola idea de seguir levantando muros y rejas no revela solo el triunfo de la barbarie, sino algo más grave: la derrota de las ideas, la decadencia del pensamiento público, la falta de autoridad y la renuncia a vivir como una sociedad que, aunque se le haga diariamente difícil, quiere seguir siendo civilizada.
Magdalena Dittborn
Historiadora