Cuando se publicó “Le dedico mi silencio”, en 2023, Mario Vargas Llosa anunció que era su última novela. Por lo que uno la leía con una mezcla de gratitud y de tristeza. Gratitud por las novelas anteriores, tristeza de que no habría más. Algo parecido ocurre con Despedidas, de Julian Barnes. Nos cuenta él que sufre de un cáncer que es tratable, pero no curable. Y anuncia que esta es su última novela. De nuevo, gratitud y pérdida.
Interesantes las similitudes entre Vargas Llosa y Barnes. Más o menos de una misma generación, ambos muy francófonos, comparten una pasión por Flaubert, y cierta reticencia frente a Proust. Barnes en Despedidas anuncia tajante que no es proustiano. Pero cita mucho a Proust. Sobre todo, el Proust de esas memorias involuntarias que brotan con el sabor de una magdalena mojada en una taza de tila, y que nos transportan al pasado como si estuviera ocurriendo ahora, como si el tiempo se borrara, como si nos asomáramos a la eternidad.
Hay una sección de Despedidas que habría hecho reír mucho a Vargas Llosa como escéptico de Proust y como conocedor de lo aleatorias que pueden ser las decisiones literarias. A nosotros nos parece obvio, dice Barnes, que sea una magdalena la que a Proust le abre las compuertas del pasado. Pero en sus borradores él experimentaba con otros alimentos. Con pan añejo mojado en una taza de té, con un pan tostado, con una galleta dura. Dio con la magdalena solo poco antes de la publicación.
Su edad y enfermedad le inducen al autobiográfico narrador de Despedidas a reflexionar sobre la muerte y la naturaleza de la vida humana que la antecede. Llegamos de la nada eterna y es allí donde volvemos, concluye. Mientras tanto, lo que nos da identidad es el relato que nos vamos forjando, y que vamos acumulando en una memoria que lo borra enseguida la perdemos por demencia o muerte.
Es lo que va pensando el narrador de esta novela híbrida que es Despedidas mientras escribe una novela sobre unos amigos, Jean y Stephen, que él juntó cuando eran estudiantes en Oxford. Les juró nunca escribir sobre ellos y lo que vamos leyendo es la ruptura de ese compromiso. Es como si, ya muertos, no pudiera resistir darles un relato que preserve su identidad contra el olvido, aunque sea el relato traicionero de una identidad inventada.
¿Quiénes somos finalmente? ¿Lo que nuestra memoria logró acumular? ¿Y qué de lo que nos olvidamos? ¿Qué pasa si las cosas fueron distintas a las que nos acordamos? Barnes se lo pregunta como si estuviera preguntándose de él mismo. En algún momento va a quedar a la merced de un biógrafo como decidió ser él para Jean y Stephen. A la merced de un biógrafo, y de sus lectores.
Volviendo a Vargas Llosa: el 13 de abril, le hicimos un homenaje en el Ateneo de Madrid. Era el primer aniversario de su muerte. Éramos unos doce, creo, y leíamos trozos autobiográficos de su obra. Ante ellos su hijo Álvaro dijo algo que me impactó. Dijo que la vida de su padre ya se había escapado de la realidad, que ya estaba en el dominio de la ficción. ¿Cómo rebatirle? Al morir ya no somos autores de nuestras vidas. Somos como personajes de novela, a la merced de quienes nos recuerdan. Nos cuenta Barnes en Despedidas que ha “reflexionado mucho sobre la manera que recordamos a los muertos, en la rapidez con que el recuerdo se convierte en mito y personas que estuvieron vivas se transforman en una serie de anécdotas”.
Lo pensaba este lunes en Madrid. En Casa de América presentábamos con Leonidas Montes un libro qué él ideó en el CEP, de artículos míos sobre Vargas Llosa escritos durante unos 50 años. Con su partida fue inevitable mi angustia: ¿cuán fiel he logrado ser a lo que fue ese coloso? Me consuelo pensando que casi todo es material antiguo que él ya había leído, pero cuando murió le agregué un prólogo que contiene nada menos que “una serie de anécdotas”. Tal vez no sea tan grave, ya que su magna obra trasciende todo mito que se le pueda fabricar.