Con entusiasmo han recibido los mercados el anuncio de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán que pondría fin al conflicto bélico iniciado a fines de febrero y que ha tensionado el mercado mundial del petróleo. La caída en el precio del hidrocarburo —que a fines de la jornada de ayer se transaba en 80 dólares por barril, menor que su máximo de 110 pero todavía 20 dólares por encima de su nivel previo a la guerra— y el fuerte aumento de los indicadores bursátiles en diferentes países revelan la expectativa de que se trate no solo de un acuerdo duradero, sino también del inicio de un período de menor incertidumbre geopolítica. Y aunque la volatilidad de la política global —y de quienes la dirigen— hace que la reducción de las incertezas no sea una cuestión asegurada, las primeras reacciones son de optimismo.
Es importante —mas no fácil— ponderar adecuadamente las implicancias de este acuerdo. El efecto directo es sobre la inflación: la caída en el precio del petróleo, aunque este no converja a los niveles precrisis (una consecuencia de los daños sobre la oferta que generó el conflicto), contribuirá a aminorar el fenómeno alcista, el cual no solo ha afectado directamente a las personas, sino que ha puesto presión sobre los bancos centrales. En el caso de Chile, es esperable una disminución en los precios de los combustibles, pero también, eventualmente, un impulso positivo en la demanda, a partir de una mejoría en el ánimo de los agentes. Ello, considerando que la abrupta alza de las bencinas a fines de marzo, junto con desencadenar una mayor inflación, también alimentó una sensación de crisis que pudo haber resultado contractiva para nuestra economía. Este nuevo escenario podría revertir ese pesimismo.
Con todo, y en una mirada más amplia, una de las sorpresas de esta compleja coyuntura ha sido que su impacto sobre la actividad global ha resultado, curiosamente, menor de lo que se anticipaba. Buena parte de ello obedece a la fuerza que ha mantenido la economía norteamericana durante este período, impulsada por una intensa inversión en inteligencia artificial. Todo ello ha redundado en que, desde un punto de vista global, las condiciones macroeconómicas que han enfrentado los países emergentes no se hayan tornado particularmente negativas. En el caso de Chile, el aumento en el precio del cobre —en parte también impulsado por la inversión mundial— ha sido señal de ello.
Por eso, más que la reversión de un intenso shock negativo sobre la actividad, es la disminución del impacto inflacionario del aumento del precio del petróleo y la reducción de la incertidumbre global lo que puede emerger como el principal efecto de este acuerdo, inyectando algo de optimismo a los consumidores y anticipando menores tasas de interés.