Más allá del inmediato impacto en los mercados —que se analiza separadamente en esta página—, un optimismo cauteloso ha caracterizado las reacciones a lo que se ha anunciado como el fin de la guerra en Irán. Tanto Donald Trump como los líderes iraníes han proclamado una victoria, pero el memorándum de entendimiento firmado por ambas partes —y que se formalizaría este viernes— es recién el comienzo de unas negociaciones que se visualizan complicadas. Trump ha dicho que si no hay acuerdo se reanudarán las hostilidades, lo que pone presión para que se avance, pero no garantiza que se llegue a algo definitivo en los 60 días de plazo que las partes se han dado.
Con su habitual tono triunfalista, el Presidente de Estados Unidos anunció que se había alcanzado “un gran acuerdo, que traerá paz y seguridad a toda la región”, y agregó que muchos mandatarios habían fallado en conseguir esto antes que él, pero que ahora “los líderes de la región por primera vez tienen un Presidente que puede ayudarlos”. Sin conocer todos los detalles del documento, que por lo demás se sigue trabajando en los “aspectos técnicos”, es difícil saber la verdadera proyección que tenga. Los norteamericanos han sido muy parcos en informar las cláusulas, las cuales, según dijo J. D. Vance, se conocerán en los próximos días. Los iraníes sí han expuesto hasta 14 puntos posibles, los cuales, en su mayoría, serían bastante beneficiosos para ellos. Según la prensa de la república islámica, además del cese el fuego en todos los frentes, incluido el Líbano (cosa que está en duda, por la reacción negativa de Israel, que no forma parte de las negociaciones, como tampoco Hezbolá), EE.UU. terminaría el bloqueo naval, retiraría tropas de la región y levantaría algunas sanciones impuestas a Teherán, a cambio de la apertura del estrecho de Ormuz, en tanto los iraníes renunciarían a fabricar un arma nuclear. También habría un fondo de 300 mil millones de dólares, a cargo de los países del Golfo, para la reconstrucción de Irán.
Si efectivamente estas son parte de las cláusulas del memorándum, es evidente que los temas más controvertidos, que provocaron la decisión de Trump de bombardear la nación islámica, no están resueltos. Así, este documento parecería apenas retrotraer la situación a la existente antes del inicio de la guerra, cuando se realizaban negociaciones bilaterales. En efecto, Irán siempre negó que su programa nuclear tuviera como objetivo una bomba y era el desarrollo de capacidad para enriquecer uranio a gradación de arma lo que hacía sospechar de sus verdaderas intenciones; así, volver a declarar que renuncia a tener armas nucleares no constituye en principio un avance y todo seguirá dependiendo de las medidas de verificación y control que se acuerden. Por otra parte, Trump se jacta de que “no habrá peaje” en Ormuz, pero tampoco lo había antes de los ataques, pues hasta esta guerra Irán nunca había cobrado por supuestos “servicios” ni se había atrevido jamás a obstaculizar ese paso, temeroso de una represalia. Por otra parte, además de destruir el programa nuclear y el de misiles balísticos iraníes, Trump se había propuesto como objetivo de la guerra cortar el apoyo de Teherán a los grupos armados islámicos dispersos por la región, cuestión que por ahora sigue en la nebulosa. Así, quedan muchos temas por resolver en las próximas negociaciones, y el más complejo es aquel relacionado con los 400 kilos de uranio enriquecido que poseía Irán y que permanecen probablemente enterrados bajo los escombros de las instalaciones nucleares atacadas.
Trump se retiró en 2018 del acuerdo firmado por Barack Obama en 2015, seguro de que él conseguiría uno “mucho mejor”. El suscrito por Obama no eliminaba el programa nuclear completo, sino que solo limitaba el enriquecimiento de uranio a nivel de uso civil, bajo inspecciones internacionales. Al denunciar ese tratado, Trump justamente le abrió la puerta a Teherán para acelerar su desarrollo nuclear sin supervisión de la agencia atómica de la ONU. Es posible que, luego de los destructivos ataques, ese desarrollo haya retrocedido varios años, pero ello no significa que el peligro haya desaparecido. Un nuevo acuerdo es tan necesario como antes, pero ahora Trump está obligado a perfeccionarlo para que se justifique haber entrado en una guerra en la que, si bien eliminó a quien era el líder supremo, Alí Jamenei, y a parte relevante de la dirigencia, no solo no derribó al régimen iraní —como alguna vez soñó Washington—, sino que dejó a su actual liderazgo más enfervorizado y dispuesto a intentar humillar al líder de los Estados Unidos.