Señor Director:
Hace unos días un amigo me recomendó una obra de teatro. Cuando quise comprar entradas, la temporada ya había terminado: tres semanas y punto. De no ser por su consejo, nunca habría sabido que existió.
Eso me llevó a revisar cuánto duran los estrenos de los principales teatros del país. En el GAM, “El beso de Rock Hudson”, dos semanas y media. En el Ictus, “Una especie de Alaska”, lo mismo. En el Teatro Nacional Chileno, “Los invasores”, tres semanas y media. En el Teatro Finis Terrae, “Flores de papel”, igual.
Producir un montaje puede costar millones de pesos —a veces financiados con fondos públicos—, sin contar los meses de trabajo de actores, directores y escenógrafos. Muchas veces son obras de verdadera calidad, hechas con oficio y esfuerzo. Sin embargo, tras doce funciones, a veces veinte, desaparecen. Mientras tanto, en Madrid o Buenos Aires un buen montaje se mantiene meses o años.
Quizás la política pública está mirando el problema equivocado. No se trata de financiar más estrenos, sino de conectarlos con un público que los sostenga. Solo entonces los recursos en cultura rinden de verdad, se honra el trabajo de los artistas y el veredicto sobre la calidad queda donde corresponde: no en un jurado que reparte fondos, sino en el público que llena, o no, las butacas.
Magdalena Price Elton