Ha muerto Abraham Santibáñez. Y sobran las razones para lamentar su partida.
Desde hace más de cincuenta años, cuando contribuyó a la reformulación o al rediseño de la revista Ercilla, que el periodismo chileno comenzó a acumular razones para agradecerle. Esa deuda se acrecentó desde entonces hasta volverse indesmentible y muy difícil de saldar. Allí está, para acreditarlo, la fundación de la revista Hoy o la dirección del diario La Nación, la primera en plena dictadura, la segunda en los inicios de la transición; su autoría en los cientos, acaso miles de páginas editoriales, columnas de opinión, cartas, artículos y libros que escribió, y los innumerables periodistas cuya vocación su ejemplo logró despertar, para acreditarlo.
Pero sobre todo destaca en la trayectoria de Abraham Santibáñez la forma en que él subrayó, casi hasta el cansancio, el vínculo que media entre el periodismo y la democracia.
La democracia es inimaginable sin la palabra, y esta última, en la sociedad de masas, no existe sin los medios y sin el periodismo que en ellos se desenvuelve. En una sociedad de masas cada hombre o mujer solo puede aspirar a captar por sí mismo una muy pequeña porción de lo que ocurre en la comunidad a la que pertenece, motivo por el cual la mediación del periodismo para crear la opinión pública es imprescindible. Imagínese por un momento lo que ocurriría si el periodismo enmudeciera o si los periodistas se desilusionaran o se dejaran seducir por los avisadores o por el poder de turno: entonces los ciudadanos quedarían ciegos y sordos respecto de lo que acontece en la esfera pública, y ajenos a ella, quedarían a merced de los audaces o de los pícaros o de los dictadores como la experiencia lo muestra de sobra.
Y si alguien no cree en este vínculo que media entre el periodismo y la democracia, pregúntese por qué la primera víctima de las dictaduras es siempre la prensa y por qué en ellas los primeros amordazados, con una mordaza física o simbólica, poco importa, son los periodistas.
Pero, naturalmente, el periodismo no poseería esa importancia si se limitara a recoger la información o a simplemente opinar sobre ella. Entre la tarea de registrar la información, y la de reaccionar irritado o entusiasta frente a lo que ocurre, se abriría un tercer ámbito acerca del que el profesor Abraham Santibáñez llamó la atención, un ámbito que conformaría también el quehacer y el oficio periodístico: se trata de la interpretación de los hechos.
Santibáñez sugirió una y otra vez que una de las tareas del periodismo consistiría en orientar al lector acerca del significado que poseen los hechos, el sentido que les subyace, ese movimiento subterráneo que los conduce.
Basta asomarse a ese punto de vista para comprender los vínculos que median entre la tarea periodística así entendida, y los deberes éticos a los que el periodista debiera ceñirse, que fue otra de las preocupaciones que el profesor Abraham Santibáñez manifestó en su quehacer académico y profesional. Sin la ética que debe animarla, insistió una y otra vez, sin el ejercicio de buena fe que debe presidirlo, sin la conciencia de las obligaciones que pesarían sobre él en la búsqueda de la verdad, y aunque sepa que en el mundo de hoy ella es huidiza, el periodismo perdería parte de su dignidad, se enajenaría la confianza de las audiencias y perdería una de las razones que lo hacen imprescindible para la vida democrática.
Cuando uno mira la trayectoria del profesor Santibáñez, cuando los lectores recordamos los medios en los que participó y rememoramos el aporte que él hizo a una vida ciudadana más consciente y alerta, o cuando sus alumnos recuerdan la forma en que las clases a que asistieron les ayudaron a fortalecer su vocación cuando ella flaqueaba a la vista de los sinsabores y estrecheces del oficio, no puede —en la hora de la despedida final— más que agradecerle. Y es seguro que mientras existan cruzados del periodismo y la libre expresión, como fue el caso de Abraham Santibáñez, el oficio, para fortuna de la democracia y del debate informado y abierto, seguirá estando entre nosotros y las escuelas de periodismo seguirán recibiendo a estudiantes encendidos por la vocación de ejercitarlo.
Carlos Peña