La reciente encíclica papal ha sido reiteradamente comentada destacando sus vastos alcances. Si bien desde el título se menciona a la Inteligencia Artificial, este complejo y actualísimo asunto no es más que un desencadenante para reflexionar sobre la preeminencia de la técnica en el mundo de hoy: asunto muy gravitante por su capacidad para deshumanizar nuestras vidas, lo que nos plantea el problema de lo que podemos hacer frente a lo que debemos hacer para salvaguardar lo humano, que es el núcleo de la reflexión de León XIV. Es un documento que debe ser considerado en el valor de su completitud antes que en el gran valor de cada una de sus partes.
Enlaza esta reflexión con la Doctrina Social de la Iglesia, por cuanto se refiere centralmente a su vínculo con los problemas de la sociedad actual y sus proyecciones futuras, del mismo modo en que su antecesor León XIII lo hizo mediante la encíclica Rerum novarum. Nos entrega también una acabada síntesis de la trayectoria del pensamiento de la Iglesia en estos temas: un gran aporte para el estudio de ellos. Muy significativo es el capítulo tercero ,“Técnica y dominio”, sobre la grandeza del espíritu humano frente a las promesas de la IA. En esta encíclica, el Papa nos llama a poner en nuestro horizonte un camino de humanización para que no seamos arrasados por estos desarrollos tecnológicos que facilitan el camino al transhumanismo y el poshumanismo, como formas que nos prometen ir más allá de nuestros modestos límites físicos. Su Introducción y su Conclusión resaltan el marco espiritual de este texto.
Al momento de su elección León XIV destacó la importancia de revalorar lo mistérico. De aquí que, frente a este documento tan trascendente, como persona hispanoamericana que soy, echo de menos un desarrollo explícito del ámbito de lo misterioso como único camino que tenemos para ir más allá de los límites de nuestra naturaleza terrestre. La técnica nos ha ensanchado enormemente nuestros límites materiales y numerables, pero no logra reemplazar la necesidad de acudir al campo de lo espiritual para acceder a nuestros orígenes últimos, vinculados a la divinidad: aquellos que dan respuesta de nuestra esencia humana en toda su amplia potencia.
Aunque no lo menciona, humanizar la cultura tecnocrática de hoy configura una labor misionera nueva, propia para nuestra época. Si el Espíritu Santo ilumina a los misioneros, que ilumine también a los misionados para no enredarse en las equívocas caricias de Lucifer.