Rondan en la agenda pública varios desafíos y preocupaciones vinculads a las mujeres. Mirarlos sin la pasión desbordante (y a veces agobiante e ideologizada) de años anteriores es una oportunidad para ir resolviendo problemas, que atañen eminentemente a la política. También para conversar serenamente de lo que sigue amarrado a lo cultural, cuyos cambios son más lentos.
En lo urgente, el desempleo femenino ha alcanzado números históricos: sobre el 10%, de acuerdo con el último trimestre reportado por el INE, y en las mujeres menores de 25 años, el 28%. Más allá de los problemas generales de empleo que Chile está enfrentando, el de las mujeres se ha profundizado. Se ha hablado de la rigidez de la legislación laboral y del mayor costo de la contratación femenina. Si bien el derecho a sala cuna no es la única barrera, es hoy la más evidente y por eso se espera con altas expectativas la indicación que ingresará mañana el Gobierno al proyecto que modifica su regulación en el Código del Trabajo.
En la práctica, la maternidad y el trabajo siguen en una tensión que la mayoría de las mujeres carga con dolorosa culpa. La corresponsabilidad es un buen tema para libros, papers y foros, pero todavía su práctica es modesta. Los padres que quieren participar más del cuidado de sus hijos (probablemente la mayoría) se estrellan con una legislación en ciertos temas y una cultura en otros que siguen considerándolo una “cuestión de mujeres”.
Por ello es interesante que el Gobierno ponga a la familia en el centro de su agenda (Kast la mencionó más de 60 veces en su Cuenta Pública) y prepare una comisión para abordar la crisis de natalidad, cuando Chile marca cifras alarmantes. Por encima de los prejuicios, La Moneda ha mostrado cuidado para referirse al tema, evitando que los vientos políticos la empujen únicamente a la llamada “agenda valórica”.
Sería un avance que en ambos desafíos, familia y natalidad, impostergables para el país por sus implicancias en prácticamente todo, desde la seguridad hasta la economía y la sostenibilidad, se vinculara con la misma fuerza a hombres y mujeres. Seguir responsabilizándolas solo a ellas por la caída de los nacimientos y poniendo sobre sus hombros a la familia es una manera no tan sutil de reprocharles los avances en igualdad de derechos y oportunidades. Porque fomentar la natalidad implica bajar barreras económicas, pero además la responsabilidad compartida de los padres en la formación, mantención y cuidado de los hijos.
Da vueltas por las redes sociales, también, uno de los episodios más amargos que tocan principalmente a las mujeres: la filtración de imágenes íntimas de una senadora. Que ella esté siendo investigada por la fiscalía por el uso de sus asignaciones no rebaja el juicio moral sobre su difusión.
Sobran las palabras para detallar el sesgo de género implacable del escrutinio público para las mujeres que participan en política. El ataque —de hombres y sorprendentemente también de mujeres— casi siempre se desvía hacia su vida privada, su cuerpo o su intimidad, un fenómeno descrito con notable claridad por la abogada Paola Diez hace poco en una carta en este diario y cuyo fondo resume en el título: “¡No te atrevas!”.
Todas las anteriores se suelen clasificar como “cosas de mujeres”, tal vez para aligerarlas o segmentarlas en un carril separado de “las cosas de hombres”. Todas, sin embargo, atañen como nunca a Chile y a su aspiración por retomar el vuelo: mujeres en la economía; hombres y mujeres en la familia y en las futuras decisiones para la natalidad; y un escrutinio público a la política que reconozca, y no solo vocifere, la igual dignidad para hombres y mujeres.