Si se recorre la Cuenta del Presidente Kast, se puede reconocer la existencia de un cuadrilátero sobre el que se apoya toda la proyección de su gobierno.
Llámelo relato, llámelo convicciones, llámelo fundamentos o principios, llámelo como quiera, pero ahí está ese cuadrado que se despliega como referente de confianza para sus partidarios, y como blanco al que sus detractores podrán disparar.
El núcleo del mensaje presidencial se resume en una frase feliz: “La esperanza de Chile está en su gente”, nos ha dicho Kast.
Gente y esperanza. En el plano humano, no existe otra ecuación más fundante que esta: confiar en las personas, poner en ellas la esperanza. Pero, para que la esperanza no sea espera ingenua y estéril, hay que saber partir del estado actual de las personas y de su realidad más cruda. Y, aunque duela, el Presidente ha sido rotundo: “Tengo la convicción de que muchos de nuestros problemas tienen su raíz en el debilitamiento de la familia”, afirmó. Y, por contrapartida con la situación actual, a esa institución le adjudicó la tarea de cultivar “el respeto, la justicia, la empatía y la generosidad”, o sea, la humanidad. Ahí se juega todo.
Esa convicción conmueve a las derechas, porque toda su concepción doctrinaria tiene por eje a la familia, y, en paralelo, indigna a las izquierdas, difusoras de un modelo que ha colaborado a la disolución del núcleo fundamental de la sociedad, al propiciar muy variopintas realidades alternativas.
Y si el Presidente Kast se enfocó en la familia, su convicción es que, para volver a fortalecerla, hay que centrar la mirada en la mujer. Sus dificultades laborales, su escasez de tiempo, su inseguridad en la calle, su temor ante la llegada de un nuevo hijo o el abandono de su marido, la precariedad de su vivienda, todas esas carencias graves deben ser abordadas como una de las más importantes emergencias. La ministra Wulf ha ratificado que en esa exigente dimensión entiende su tarea, y que no descansará hasta verla encauzada.
Esperanza, familia, mujer. Y a continuación la vida, los niños. El Presidente recordó la dramática estadística: “Hoy, en nuestro país, nace en promedio menos de un hijo por mujer en edad fértil”. El dato sobre la crisis de la natalidad no es ni de derecha ni de izquierda, pero sin duda el enfoque en la búsqueda de la solución es distinto. Si desde el frenteamplismo se nos insiste en que la maternidad es una decisión personal —que ciertamente lo es—, ese enfoque, paradójicamente liberal e individualista, desde la derecha se corrige afirmando que la maternidad es un gran bien no solo para cada mujer, sino para el país entero. “El Estado no puede seguir ignorando esta realidad; el Estado no está para reemplazar a las familias, sino para entregarles las herramientas y después, confiar en ellas”, nos ha dicho el Presidente Kast, lo que significa que los niños por nacer debieran contar con una mayor posibilidad de venir a la existencia, a pesar de la pérfida legislación abortista vigente.
Ya nacidos, se espera que cada niño chileno tenga “el derecho a crecer en una familia y a estudiar en una escuela segura”. No parece una gran cosa, pero dada la situación a la que hemos llegado, solo la esperanza y un trabajo muy serio podrán hacer realidad esa aspiración.
Parece increíble: estamos comentando conceptos del sentido común de las naciones, como si fuera algo de excepción. Y hoy, ¡qué triste es reconocerlo!, lo es. Si el Presidente Kast terminó afirmando que “los mejores días de Chile están por venir”, y que “los vamos a alcanzar con trabajo, con unidad y con esperanza”, solo cabe plantearse si uno se suma o se resta.