“Fui majadero en aconsejar toda prudencia en los gastos públicos, porque su desequilibrio con los ingresos acarrearía, acaso más temprano que tarde, un problema grave para el Ejecutivo, inmensamente más grave para las actividades y para el bienestar nacionales”.
¿Palabras del ministro Jorge Quiroz? En absoluto, aunque también de un ministro de Hacienda, Gustavo Ross. El Presidente Alessandri, que asumió su segunda administración en diciembre de 1932, inauguró un período democrático que duraría cuatro décadas. Fue la democracia chilena que llamó la atención del mundo euroamericano. Alessandri delegó la gestión económica en las manos de Ross. Sin el esfuerzo de orden en lo político y en lo económico en ese sexenio, no hubieran sido posibles los experimentos de los años que siguieron, de los cuales la Corfo fue una prolongación con acento diferente. En términos sociales, Ross era un ejemplar del antiguo régimen; en cuanto a su acción e ideas, un formulador práctico de economía política moderna posible para Chile. Rápidamente se convirtió en personaje. La oposición lo tildó como “ministro del hambre”; sus partidarios y otros no tanto, con el término ambiguo de “mago de las finanzas”.
En ese entonces el país estaba postrado por la Gran Depresión, la crisis económica más devastadora de la modernidad, que arrasó con nuestro Chile. Entre 1929 y 1932, su producto bajó más de un 40%, feroz desplome. La estrategia económica de Ross fue recoger los escombros de la hacienda nacional, contener los gastos presupuestarios y sacar bajo la manga una serie de ingeniosas propuestas para que la economía se pusiera nuevamente en marcha.
Las medidas que tomó, ardientemente controversiales en su hora, fueron en general reconocidas por la posteridad. Ante las críticas, decía que “le tocó bailar con la fea”. Expresiones como esta eran a su vez respondidas con vituperios. Ross, parco en palabras, provenía de la formación autodidacta y de una vida dedicada a las finanzas. Sostenía que “la ciencia económica es esencialmente experimental”, lo que muchos economistas dedicados al servicio público repiten de vez en cuando. Sus metas de largo plazo respondían a lo que después se llamó apoyarse en las “ventajas comparativas” como clave del desarrollo del país.
No podría haber desarrollado este tipo de economía política sin el patrocinio y protección —no sin roces entre ambos— de quien quizá fue el principal político del siglo XX, Arturo Alessandri. Cuando el ministro ambicionó la presidencia en 1938, deslució en el mensaje político, nada sorprendente en la derecha, y perdió las elecciones si bien solo por un puñado de votos.
En economía política, esa zona de la acción donde interactúan Estado y economía representó el dilema del desarrollo moderno, y su tensión y mutua dependencia con el Estado social con sus diversos escalafones. El crecimiento económico, así como recientemente debe ingeniárselas para coexistir con la sustentabilidad ecológica, ha debido mantener una polaridad mutuamente beneficiosa con la seguridad social. Esta última es burla cruel sin una robusta economía, que exige el cumplimiento de ciertas regularidades inexorables. No se le puede pedir más de aquello de lo que dispone. Solo recordando tan simples verdades se puede montar una estructura que cumpla con un mandato ineludible de la modernidad, que alcanza eso que se llama desarrollo si se avanza en una igualdad relativa asistida por un maridaje de derechos y deberes; y que los que queden en la base más precaria de la sociedad alcancen un mínimo que nos parezca apropiado de acuerdo a la civilización contemporánea.