La tensión entre EE.UU. e Israel no es inusual, tampoco los desacuerdos entre Trump y Netanyahu, y por eso el incidente del telefonazo en que el norteamericano le lanzó palabrotas y le dijo que “si no fuera por mí estarías preso”, puede no haber sido más que una discusión entre amigos. Sin embargo, marca un punto de inflexión en las siempre estrechas relaciones bilaterales, porque se da en un contexto en que la imagen de Israel en la opinión pública de EE.UU. se ha debilitado, y cuando Trump necesita terminar la guerra en Irán, que ha perturbado gravemente la economía global. Para Trump, es una prioridad llegar a un acuerdo con los ayatolas y, en eso, el gobierno israelí, decidido a destruir a Hezbolá en Líbano, es un estorbo. Irán insiste en vincular las dos guerras, haciendo sentir su cercanía con el grupo islámico y mostrando su influencia sobre los acontecimientos regionales.
Un acuerdo de cese el fuego entre Líbano e Israel intentó desvincular ambos conflictos. En las negociaciones, mediadas por Washington, el gobierno libanés se comprometió a desarmar al grupo chiita y tomar control gradual de los territorios todavía en poder de estos, mientras Israel no quedó obligado a replegar sus tropas de las zonas ocupadas. Sin la participación de Hezbolá en las conversaciones, la tregua no podía ser sino un mero papel sin efecto en el campo de batalla, donde siguieron los disparos. El líder del grupo islámico proiraní rechazó de plano el documento, afirmando que equivalía a una capitulación. Si Hezbolá surgió en los años 80 precisamente para resistir la ocupación israelí, es improbable que ahora acepten desarmarse mientras haya soldados judíos en sus tierras. Las condiciones son difíciles de sostener. Hezbolá todavía tiene capacidad de infligir daño en las comunidades del norte de Israel y este, voluntad de responder a tales ataques.
En el otro frente, en la guerra contra Irán, la situación sigue siendo inestable, con el estrecho de Ormuz cerrado al libre tránsito marítimo, bajo amenaza constante de misiles y drones iraníes. Las negociaciones parecen en suspenso, a pesar de que Trump aventuraba que el fin de semana podía haber alguna resolución. Sin embargo, ante la renuencia de los iraníes a avanzar en el diálogo, Marco Rubio bajó las expectativas, señalando que sí podía haber algo, pero más bien durante esta semana. Trump está reticente a reanudar hostilidades, pero insiste en unas condiciones inaceptables para Teherán, porque no quiere un acuerdo parecido al de 2015, firmado por Barack Obama y denunciado por él en 2018. Ese acuerdo, si bien restringió el programa nuclear, no eliminó el peligro de una bomba nuclear ni evitó el desarrollo de los misiles balísticos, y tampoco impidió que Irán promoviera a los grupos armados islámicos de la región. Teherán, por su parte, siente que el tiempo está a su favor. Ayer, por primera vez desde el alto el fuego de abril, volvió a lanzar misiles contra Israel. Sugerentemente, Trump dijo que le pediría a Netanyahu no responder el ataque.
Vientos de cambio en Israel
Puede que Benjamin Netanyahu recupere intacta su amistad con Donald Trump, pero lo que le será más difícil es recuperar apoyo político suficiente para ganar las próximas elecciones. La semana pasada, el Primer Ministro presentó un proyecto de ley para disolver el Legislativo y adelantar los comicios —que deben realizarse antes del 23 de octubre próximo—, después de que uno de los partidos religiosos le quitara el respaldo a su coalición. Las razones de los sectores ultraortodoxos para restarse del gobierno tienen que ver con la guerra, pues resintieron que Netanyahu desistiera de presentar un proyecto para eximir definitivamente del servicio militar a los jóvenes que estudian la Torá. La semana pasada, miles de judíos ultraortodoxos salieron a la calle a protestar en contra del reclutamiento obligatorio, resistido por este sector por su supuesto efecto “secularizante”. Una ley de este tipo es rechazada por la mayoría de los israelíes, obligados a hacer hasta tres años de servicio militar, quedar como reservistas y participar en las consecutivas guerras que libra el Estado. Y también es resistida por las fuerzas de defensa que, luchando en varios frentes, dependen de refuerzos y reemplazos para sus exhaustos soldados.
Para Netanyahu, adelantar elecciones es un desafío obligado. Su partido, Likud, es el que más escaños tiene en la Knesset, pero es dudoso que mantenga ese liderazgo después de los comicios. Partidos de oposición ya han formado alianzas que, según las encuestas, pueden aspirar al gobierno. Un posible sucesor es el ex primer ministro Naftali Bennett, líder de la alianza “Juntos”, recién formada con el centrista Yair Lapid, quien ha sido un duro contrincante de Netanyahu. Las encuestas muestran una buena posibilidad de que esta formación, unida a otros partidos que se oponen al Likud y a los ultraortodoxos, logre suficientes escaños para formar gobierno. Por el sistema electoral y la consecuente fragmentación (más de 10 partidos), es casi imposible que un conglomerado obtenga en solitario una mayoría absoluta; por eso, Bennett y Lapid llaman a otros líderes a unirse a Juntos. Algunos, como Gadi Eisenkot, de centroderecha, estarían disponibles; otros esperarán el resultado electoral. Con Netanyahu siempre es posible una sorpresa, pero sus días en el gobierno podrían tal vez estar contados.