La Cuenta a la Nación del Presidente Kast debe leerse desde una prioridad que Chile nunca debió abandonar: volver a crecer. No hay política social sostenible, mejores salarios ni empleos de calidad si el país se resigna a una economía mediocre que crece al 2% anual.
Más aún cuando los primeros datos del año son preocupantes. La actividad ha mostrado caídas y el desempleo volvió a subir. Una mirada irresponsable podría atribuir esos números al nuevo Gobierno. La economía no cambia de signo en pocas semanas. Sobre todo por el impacto de una pobre gestión como la anterior, que debilitó instituciones fundamentales como el derecho de propiedad, aumentó la incertidumbre regulatoria, deterioró gravemente la situación fiscal e impulsó reformas laborales que aumentaron el desempleo.
Cabe enfatizar que se heredó un déficit estructural superior a tres puntos del PIB, lo que limita la capacidad de invertir y crecer. Ningún país puede sostener un progreso duradero si el Estado gasta por encima de sus ingresos. A ello se suma un escenario internacional complejo, marcado por la guerra en Medio Oriente.
Por eso fue correcto que el Presidente reiterara dos emergencias: seguridad y crecimiento. Sin seguridad no hay inversión; sin inversión no hay empleo; y sin empleo no hay paz social. Cuando los países dejan de crecer, se deteriora el clima político. La frustración abre espacio a quienes promueven la violencia, desprecian la democracia y ofrecen atajos que terminan en más pobreza.
La pregunta central es cómo volver a crecer. Las empresas no son el adversario del progreso; son el principal instrumento para crear empleo, innovar y elevar la productividad. Robert Lucas sostuvo que, al pensar en las consecuencias del crecimiento para el bienestar humano, cuesta pensar en otra cosa. Chile lo comprobó: cuando creció con fuerza, la pobreza cayó y millones de familias miraron el futuro con esperanza.
En su planteamiento, el Presidente enfatizó la necesidad de un shock de inversión y las primeras decisiones para destrabar proyectos paralizados son una señal relevante: se han removido obstáculos a inversiones por miles de millones de dólares. Que el catastro de inversiones de la CBC haya alcanzado su mayor nivel en más de una década muestra apetito por invertir cuando el país ofrece incentivos y reglas claras.
Por ello es indispensable aprobar con urgencia la agenda de reconstrucción económica: rebajar impuestos a la inversión, acelerar permisos, reducir gasto público, dar certeza jurídica y modernizar el Estado. Bajar el impuesto a las empresas no es un regalo a los empresarios. En economías abiertas, parte sustantiva de la carga de los impuestos corporativos termina afectando a los trabajadores: menos inversión, menor productividad y los salarios son más bajos. Y así, iniciativas políticas que aumentan la división política son un error grave.
La modernización del Estado merece atención especial. Chile no necesita un Estado más grande por inercia, sino uno más capaz: que haga cumplir la ley, proteja a las personas, evalúe programas, sea transparente, invierta bien y no asfixie con burocracia inútil. Sin un Estado eficaz, el crecimiento tampoco será sustentable.
Chile puede volver a crecer 4%. Es una meta exigente que requiere seguridad, disciplina fiscal, inversión privada, apertura al mundo, competencia, innovación y sentido de urgencia. El país ya demostró que, cuando aplica políticas correctas, crece, reduce pobreza y amplía oportunidades. La Cuenta Pública y su llamado a la unidad debe ser el punto de partida para recuperar la seguridad, reconstruir la confianza y volver a hacer del crecimiento el motor del progreso social.