Si alguien hubiera imaginado cómo debiera ser un discurso que reflejara mejor, aunque implícitamente, las ideas de la derecha, no de la derecha tecnocrática, no de la derecha liberal, no de la derecha libertaria, no de la centroderecha, sino de la derecha más tradicional, la vieja derecha, aquella en la que precipita un pragmatismo sin pretensiones, esa en la que se mezclan sin decirlo la idea comunidad nacional, la confianza en las iniciativas privadas, la familia como el sitio donde se cultivan todas las virtudes, la fe religiosa, la idea de responsabilidad como disposición a aceptar el lado agrio de la realidad, el rechazo de la utopía, y sobre todo la apelación a la realidad de los hechos, ese habría sido el discurso que se escuchó ayer.
Fue un discurso sin retórica inflamada, centrado en hechos, a ras de piso.
Un discurso en tono menor.
Los hechos que en él se mencionaban eran todos remitidos —sin alcanzar a construir un argumento— a la familia, el orden y la responsabilidad. El Presidente apeló insistentemente a la familia. Imposible no recordar a Margaret Thatcher. No hay tal cosa como la sociedad, dijo ella, lo que existe son familias e individuos. Y en vez de diversidad y pluralidad, prefirió subrayar una y otra vez el concepto de orden, la idea de que la vida social es un ámbito predecible, donde cada cosa tiene su sitio, como una estantería bien dispuesta, cada cosa en su lugar. Es el viejo ideal conservador, el horror al movimiento repentino y sorpresivo. Y, en fin, subrayó también repetidamente el concepto de responsabilidad. Ser responsable equivaldría a decir las cosas como se piensa que son, incluso si ello acarrea impopularidad. La responsabilidad como la actitud del padre que enseña el sacrificio.
En suma, el orden doméstico —el orden de las familias, para usar el título del magnífico cuento de Jorge Edwards— como el paradigma del buen gobierno.
No fue una cúspide del género de los discursos presidenciales; pero tuvo la innegable virtud de la sencillez sin pretensiones, sin ocultar el teleprompter, ni presumir de improvisaciones.
La pregunta que sin embargo cabe plantear es si acaso la permanente apelación a los hechos —el Presidente en la parte inspirada del discurso empleó la prosopopeya “la esperanza de los hechos”— es suficiente como horizonte de sentido para el Chile contemporáneo.
La expresión es sorprendente (¿no habría sido mejor decir “esperanza en los hechos” en vez de “de los hechos”?); pero como quiera que fuere revela una de las excusas frecuentes del mandatario para obviar la formulación de ideas generales y de proyectos. La idea de que las acciones que realizará son las que importan, y no las palabras. Esa es otra idea que se ha repetido por conservadores, la escasez de palabras y de ideas como virtud: la virtud del antiintelectualismo. Sin embargo, se trata de un error puesto que en una democracia los ciudadanos tienen derecho a hacer el escrutinio de las ideas que inspiran las acciones, ya que esa es la única forma de conocer lo que ocurrirá ex ante y no ex post.
Como todo el mundo sabe —salvo el redactor del discurso—, los hechos no hablan por sí mismos, son dependientes de un horizonte de sentido que les confiere significado. Siendo así, la apelación a la “esperanza de los hechos” olvida que la política democrática es inescindible de la palabra. No se trata de retórica, ni de grandilocuencia, se trata de reconocer que lo que constituye a la vida común son los propósitos de largo plazo, un horizonte compartido, algo que solo puede ser expresado mediante la palabra.
En cambio, un discurso puramente descriptivo de hechos —y en ocasiones el del Presidente Kast lo pareció— es un discurso que, como lo prefiere la derecha más tradicional, subraya hechos y escamotea ideas.