“¿Cuántas divisiones tiene el Papa?”. Según cuentan, eso le dijo Stalin a Churchill cuando se repartían el mundo en Yalta, para dejar en claro que el poder real se mide en fuerza militar. Seguramente Putin piensa lo mismo. También la Casa Blanca. Su ideólogo, Stephen Miller, lo formuló sin rodeos: “vivimos en un mundo, en el mundo real, gobernado por la fuerza, gobernado por la coerción, gobernado por el poder”. Por eso, cuando León XIV denunció el bombardeo sobre Irán, el Presidente Trump reaccionó diciendo: “No creo que esté haciendo un muy buen trabajo”.
La publicación de Magnifica humanitas muestra lo contrario. No se necesitan divisiones, ni fuerza, ni coerción, para incidir sobre el mundo: a veces bastan las palabras. En estos días, muchos creyentes y no creyentes, incluso sin haberla leído, conversan sobre la encíclica. Por eso el Papa León, como su predecesor Francisco —y tantos otros herederos de Pedro—, es una figura incómoda para quienes se creen seguros sentados sobre sus bayonetas.
Esa capacidad persuasiva me ha convertido en lector habitual de las encíclicas papales. No busco información. Tampoco citas que me acomoden para lanzarlas luego como dardos en el debate público. Ni una guía concreta de conducta. Las leo con atención —con cierta entrega, con una suspensión momentánea de mis propios juicios— porque me conmueven, porque hacen temblar lo que me parecía sólido. Ya son pocos los textos que lo logran.
¿Qué me conmueve? De partida, su belleza. Como Laudato si' y Fratelli tutti —que son las que tengo más cerca—, Magnifica humanitas puede leerse como un largo poema. Sus palabras son precisas, acogedoras, envolventes. Sus metáforas obligan a detenerse y meditar, porque explican con la simpleza inobjetable de los niños. No pretenden exhibir el poder de la inteligencia ni sembrar divisiones o conflictos. Son palabras elegidas para gestar empatía, para crear comunión. No son kitsch: son amorosas.
Me conmueve también su respeto por el pensamiento pasado. Siguiendo la tradición judía, las encíclicas son textos construidos sobre otros textos. Son relecturas de pergaminos añosos a partir de las preguntas del presente. Representan el esfuerzo paciente por encontrar el hilo que enlaza experiencias y pensamientos dispares para iluminar —tenuemente, porque tampoco buscan el resplandor autoritario de los dogmas— la vida del presente y los caminos del futuro.
Esa búsqueda de una huella escondida en las profundidades de la historia, de la tradición y del pensamiento pasado hace ardua la lectura. Vivimos una época que endiosa la ruptura, la interrupción, la novedad, el partir de nuevo y desde cero. Por lo mismo, se agradece esta humilde y laboriosa reivindicación de la continuidad. En la mirada larga, anclada en el pasado, hay una luz más cálida, más humana.
Me conmueve, por último, la actualidad de su pensamiento. Me pregunto cómo es posible que, desde una institución que muchos imaginan apartada del mundo, el Papa León y sus colaboradores puedan estar tan al día de los debates de la ciencia y del pensamiento contemporáneo. No lo digo solo respecto de la inteligencia artificial. Me refiero también al poshumanismo y al transhumanismo; al vínculo indisoluble de los humanos con la naturaleza y con otras especies; a la nueva gramática de los conflictos y la guerra; al valor de la cooperación, la negociación y la diplomacia. La encíclica de León, en suma, está asombrosamente al día con la reflexión científica y humanista de punta, igual que lo estaba Laudato si'.
Magnifica humanitas es un todo indivisible. No se puede sintetizar, como no se puede condensar un poema ni racionalizar una alabanza. Es, en sí misma, un maravilloso juego de palabras: palabras que no humillan ni enfrentan; palabras que poseen “la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos”. Frente al mundo de la fuerza, recuerda algo elemental y olvidado: que las palabras, cuando son justas, gobiernan el mundo.