“El periodista es una persona que se ha equivocado de vocación”. Es una frase que se atribuye a Otto von Bismarck, quien al parecer no apreciaba mucho a los periodistas. No es el único.
Y sí, en este gremio, como en todos, hay profesionales chantas, mal educados y flojos. Otros que bordean el activismo y combaten desde trincheras políticas. Pero no son todos. Entre los comunicadores insípidos y los vociferantes, hay una ruta intermedia.
Claro, la enseñanza y estudio de las comunicaciones es bastante nueva (no se enseñaba ni en Bolonia ni en Cambridge en el siglo XIII) y no voy a discutir aquí cuán teórica o práctica debe ser, aunque es un debate interesante. Pero más allá de su novedad —y de que el periodismo y las comunicaciones no son una ciencia precisa—, existe un acervo de conocimientos sobre cómo comunicar mejor. Tanto en las universidades como entre los profesionales que han trabajado en medios o en asesorías comunicacionales.
Tampoco se trata de aprender a engañar, maquillar o distorsionar, sino de saber cómo ordenar los conceptos, qué se quiere informar y poder transmitir eso de manera apropiada, clara y oportuna. Una frase (mal) expresada por la autoridad —recuerdo una de “quitar los patines”— puede quedar para siempre. Y una narrativa mal planteada queda en el “gobierno de los recortes”.
Por eso inquieta que en sectores ligados al Gobierno parece circular cierta desconfianza (a veces casi inconsciente) hacia quienes trabajan en comunicaciones y los contenidos que manejan. O personas que se precian de haber sacado periodistas de los ministerios. Sí, a veces hay muchos comunicadores en una repartición —me ha tocado vivirlo en el Ministerio de Cultura, donde suelo dar bote entre un periodista y otro—, pero no siempre es así.
Y no me parece un pecado mortal que una autoridad se equivoque en el significado de una palabra —¿era metáfora, hipérbaton, hipérbole, aliteración o prosopopeya?—, pues hemos visto cosas iguales o peores (como las caletas con perspectiva de género, una complicada y poco directa forma de denominar los baños públicos para hombres y mujeres).
En cambio, mucho más grave es que no exista una claridad previa sobre qué comunicar en asuntos tan importantes como la inmigración o seguridad, en los que la comunidad está ansiosa de oír propuestas e información clara.
No es recomendable hablar de un “Estado en la quiebra” si no se quiere decir eso. La frase del Presidente sobre los libros y la generación de empleo tampoco fue afortunada. Con fondos estatales se han financiado publicaciones buenas y otras mediocres o pésimas, pero la necesidad de transparencia en el uso de esos recursos se pudo transmitir de una forma más precisa.
“La claridad es la cortesía del filósofo”, decía Ortega y Gasset. Y debiera serlo de las autoridades, con buenos asesores comunicacionales.