Carlos Granés, en su gran libro “Delirio Americano”, nos da cuenta de la tragedia del continente. Caudillos, proyectos redentores y utopías han conjugado el verbo dramatizar en Sudamérica. O más bien arruinar.
El fortalecer las instituciones democráticas es demasiado aburrido para quienes buscan proyectos grandiosos, utópicos y libertadores que prometen transformar la sociedad y que la mayoría de las veces terminan produciendo frustración, crisis o autoritarismo.
Chile vivió lo propio con la Unidad Popular, terminado en una dictadura de 17 años. Y lo vivió con el delirio constitucional, del cual Chile se salvó a última hora por una campana.
Pues bien, el delirio continúa en el continente. Hoy con Evo Morales instigando la rebelión popular en Bolivia. Mañana con Iván Cepeda en Colombia. La próxima semana con Roberto Sánchez en Perú.
Nuevamente los países jugándose todo en la elección. Y lo que es peor, con alternativas que tampoco son muy edificantes. Keiko Fujimori en Perú representa (o representaba) la continuidad del fujimorismo que perdió sus credenciales democráticas en el ejercicio del poder. Abelardo de la Espriella (“el tigre”) tiene un largo prontuario de escándalos y malos antecedentes.
Así las cosas, Sudamérica suda una vez más. Incapaz de salir del subdesarrollo. Volviendo a levantar las banderas refundacionales. Jugándose el todo por el todo en una elección.
Primero, Bolivia. Rodrigo Paz, un Presidente moderado y decente, enfrenta la peor crisis económica del país en cuarenta años, derivada de una escasez de dólares. Paradójicamente, la crisis es originada por el propio Morales y su sucesor (exministro de Morales). Pues bien, Evo Morales ha exigido al gobierno a que llame a nuevas elecciones en 90 días ante las protestas instigadas por él mismo. El guion es conocido para los chilenos: los “movimientos sociales” enaltecidos para disfrazar la verdadera agenda desestabilizadora y profundamente antidemocrática de un sector de la izquierda radical.
Segundo, Colombia. Iván Cepeda, líder en las encuestas para la primera vuelta de mañana (aunque no necesariamente para la segunda) habla de una “revolución agraria” y de una economía popular que redistribuya la riqueza mediante las comunidades. Impulsa una “revolución democrática” —según sus palabras, “pacífica y profunda”— que consolide los cambios sociales del actual gobierno y los haga irreversibles. El viejo delirio americano una vez más presente. El gobierno de Petro ha sido desastroso. Este podría ser peor. Cepeda parece ser más inteligente y con menos adicciones.
Tercero, Perú. Roberto Sánchez ofrece el viejo menú: Asamblea Constituyente y Nueva Constitución, para redefinir al Estado como “pluricultural”. Plantea que los recursos naturales (incluyendo agua, gas, petróleo y energía solar) pasen a ser propiedad del Estado, prohibiendo concesiones que “pongan en riesgo la soberanía”. Mecanismos de control ciudadano sobre los medios de comunicación. Alzas del sueldo mínimo y otras medidas. Delirantes. Para peor está aliado con Antauro Humala que propicia recuperar Arica y Tarapacá y crear una nueva religión oficial incaica.
Tres países que se están jugando su futuro, con una historia que rima, con guiones largamente vistos, con finales completamente predecibles.
La utopía latinoamericana es una criatura fascinante. Lleva más de un siglo anunciando su llegada y, sin embargo, mantiene intacta su capacidad de seducción. Es probablemente el producto más exitoso de la región: no genera riqueza, no mejora los servicios públicos, termina siempre mal, pero muchos electores siguen apostando por ella con admirable entusiasmo.
El filósofo Karl Popper criticaba lo que llamaba la “ingeniería utópica”: la obsesión por rediseñar la realidad desde cero como si los seres humanos fueran piezas intercambiables de un plano arquitectónico.
Naturalmente, América Latina ha escuchado esa advertencia para decidir hacer exactamente lo contrario.
Es posible que en Bolivia logren apresar a Evo. Que Cepeda no triunfe en Colombia. Que Sánchez no gane en Perú. Pero nuevamente se habrá jugado todo en una elección. Y salvarse del fuego no implicará que no vuelva para la próxima.
El delirio no está ni muerto ni enterrado.